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Por
qué tener esperanzas en tiempos difíciles
Por Howard
Zinn
Me habían invitado a dar una charla en Kalamazoo, Michigan.
Era la noche del último debate presidencial televisado de la
campaña de 1992 y, para mi sorpresa, había varios cientos
de personas en el público (¿necesitaban descansar de
la locura electoral tal vez?). Era el quincuagésimo año
de la llegada de Colón al hemisferio occidental y yo iba a
hablar sobre “El legado de Colón, 1492-1992”.
Diez años antes, en las primeras páginas de mi libro
A People’s History of the United States, (Una historia
del pueblo de los Estados Unidos) había escrito sobre Colón
de una manera que asustó a los lectores. Ellos, como yo, habían
aprendido en la escuela primaria que Colón fue uno de los grandes
héroes de la historia universal, un héroe admirable
por su osada proeza, llena de imaginación y coraje(y nunca
nadie había cuestionado este relato, aunque hubieran seguido
educándose hasta la universidad). En mi relato, yo admitía
que Colón era un marinero intrépido pero además
señalaba (en base a su propio diario y al testimonio de varios
testigos) que había sido perverso en la manera de tratar a
los gentiles arahuacos que lo recibieron a su llegada a este hemisferio.
Los esclavizó, torturó, asesinó; todo en pos
de la riqueza. Sugerí que él representaba los peores
valores de la civilización occidental: codicia, violencia,
explotación, racismo, conquista, hipocresía (afirmaba
que era un cristiano devoto).
El éxito de A People’s History nos tomó
por sorpresa, a mí y a mi editor. En su primera década
tuvo veinticuatro reimpresiones, vendió trescientas mil copias,
fue nominado al American Book Award y se publicó en Gran Bretaña
y Japón. Empecé a recibir cartas de todo el país
y una gran parte de esas cartas representaba una reacción arrebatada
contra el primer capítulo sobre Colón.
La mayoría de las cartas eran de agradecimiento por haberles
contado una historia que no ha contado antes. Unas pocas eran de indignación
y escepticismo. Un estudiante secundario de Oregon, a quien la profesora
había asignado el libro, me escribió: “Usted dijo
que sacó gran parte de esta información del propio diario
de Colón. Me pregunto si existe ese diario y, si es así,
por qué no forma parte de nuestra historia. ¿Por qué
nada de lo que usted dice figura en mi libro de historia?”.
Una madre de California se puso furiosa cuando miraba un ejemplar
de A People’s History que su hija había traído
del colegio y exigió que la junta escolar investigase al profesor
que usaba el libro en las clases.
Se hizo evidente que el problema (sí, yo representaba un problema)
no era únicamente mi irreverencia para con Colón: sino
también todo mi enfoque de la historia estadounidense. En A
People’s History insistí, como lo expresó
un crítico, en “una perspectiva completamente distinta,
un barajar y dar de nuevo con respecto a quienes son héroes
y quienes, villanos”. Los Padres Fundadores estadounidenses
no fueron solamente ingeniosos organizadores de una nueva nación
(aunque fueron eso por cierto): además, eran hombres blancos
que poseían riqueza y esclavos, comerciantes, poseedores de
acciones y bonos, temerosos de una rebelión de las clases más
bajas, o como lo expresó James Madison, de “una división
equitativa de la propiedad”. Nuestros héroes militares
—Andrew Jackson, Theodore Roosevelt— eran racistas, asesinos
de aborígenes, amantes de la guerra, imperialistas. Nuestros
presidentes más liberales —Jefferson, Lincoln, Wilson,
Roosevelt, Kennedy— estaban más interesados en el poder
político y el engrandecimiento nacional que en los derechos
de las personas que no pertenecen a la raza blanca.
Mis héroes eran los granjeros de la rebelión de Shay,
los abolicionistas negros que violaban la ley para liberar a sus hermanos
y hermanas, los que fueron a la cárcel por oponerse a la Primera
Guerra Mundial, los trabajadores que hacían huelga en contra
de las corporaciones poderosas, desafiando a la policía y a
los civiles armados, los veteranos de Vietnam que se pronunciaron
en contra de la guerra, las mujeres que exigieron igualdad en todos
los aspectos de la vida.
Hubo historiadores y profesores que se alegraron de contar con mi
libro. Varias personas, sin embargo, estaban molestas; para ellos
yo estaba fuera de lugar, era irreverente. Si hubiera sanciones penales
por eso, tal vez me habrían acusado de “ataque con arma
mortal: un libro” o de “alteración del orden público
por haber hecho ruidos indecentes en un club exclusivo” o de
“haber irrumpido ilegalmente en el dominio sagrado de la tradición
historiográfica”.
Para algunas personas, no sólo mi libro estaba fuera de lugar:
toda mi vida estaba fuera de lugar. Había algo antipatriótico,
subversivo, peligroso en mi crítica de tantas cosas que pasan
en esta sociedad. Durante la Guerra del Golfo de 1991, di una charla
a una asamblea de una escuela secundaria de Massachusetts, una escuela
privada en la que los alumnos provenían de familias adineradas
y de los que se decía que “el 95 por ciento estaba a
favor de la guerra”. Dije lo que pensaba y, sorprendentemente,
me aplaudieron mucho. Pero después, en un aula donde se realizaba
una reunión con un pequeño grupo de alumnos, una chica
que me había estado mirando con obvia hostilidad durante todo
el debate habló con enojo en la voz:
--¿Entonces, por qué vive usted en este país?.
Sentí una punzada de dolor. Era algo que yo sabía que
la gente se preguntaba a menudo, aunque no lo dijera. Era la cuestión
del patriotismo, de la lealtad al país, que surge
una y otra vez, cuando alguien critica la política exterior,
evade el servicio militar o se niega a jurar lealtad a la bandera.
Traté de explicar que yo amaba el país, el
pueblo, no el gobierno de turno. Creer en la democracia era creer
en los principios de la Declaración de la Independencia: creer
que el gobierno es una creación artificial, establecida por
el pueblo para defender el derecho que todos tenemos a la vida, la
libertad y la búsqueda de la felicidad. Yo interpretaba que
“todos” comprendía a hombres, mujeres y niños
de todo el mundo, que tienen derecho a la vida un derecho que no pueden
quitarles ni nuestro gobierno ni el de ellos.
Cuando un gobierno traiciona esos principios democráticos,
ese gobierno es antipatriótico. En ese caso, el amor por la
democracia requeriría oponerse a ese gobierno. Requeriría
estar fuera de lugar.
La publicación de A People’s History trajo consigo
pedidos de todo el mundo para que hablara. Así que allí
estaba yo, en Kalamazoo, aquella noche de 1992 hablando de la importancia
que tiene para nosotros decir la verdad sobre Colón. En realidad,
yo no estaba interesado en Colón sino en las cuestiones que
surgen de su interacción con los nativos: ¿es posible
que hoy en día la gente supere la historia y conviva con igualdad,
con dignidad?
Al final de la charla, alguien me hizo una pregunta que escuché
muchas veces en distintas palabras:
--Teniendo en cuenta las noticias deprimentes del mundo, usted parece
sorprendentemente optimista. ¿Qué le da esperanzas?
Intenté dar una respuesta. Dije que entendía que el
estado del mundo era deprimente pero que era cierto que yo era optimista:
el que me hizo la pregunta había captado muy bien mi estado
de ánimo. Para él y para otros, el mío era un
enfoque absurdamente alegre de un mundo injusto y violento. Pero para
mí, lo que a menudo tildan con desprecio de idealismo romántico,
de pensamiento lleno de esperanzas está justificado si incita
a la acción para cumplir esos deseos, darle vida a
esos ideales.
La voluntad para llevar a cabo tal acción no puede basarse
en certezas sino en las posibilidades que se vislumbran en una lectura
de la historia distinta del usual relato penoso de las crueldades
humanas. En una lectura así, podemos encontrar resistencia
a la guerra y no sólo guerra, rebelión contra la injusticia
y no sólo injusticia, sacrificio y no sólo egoísmo,
desafío, no sólo silencio frente a la tiranía,
compasión, no sólo indiferencia.
Los seres humanos muestran una amplia gama de cualidades pero habitualmente
se pone énfasis en las peores y, con demasiada frecuencia,
el resultado de ese énfasis es que nos descorazonamos. Y, sin
embargo, si pensamos en toda la historia vemos que ese espíritu
se niega a rendirse. La historia está llena de ejemplos de
momentos en que la gente se unió, superando obstáculos
enormes, para luchar por la libertad y la justicia y ganó.
No con demasiada frecuencia, por supuesto, pero sí lo suficiente
como para sugerir cuánto más es posible.
Los ingredientes esenciales de esas luchas por la justicia son seres
humanos que, aunque fuera por un momento, aunque estuvieran acosados
por el miedo, rompieron con lo establecido e hicieron algo, por pequeño
que fuera. Y aun los actos más pequeños, más
antiheroicos se suman a esa reserva de leña que puede encenderse
por alguna circunstancia sorprendente y empezar el incendio de un
cambio tumultuoso.
Los individuos son los elementos necesarios, y mi vida siempre estuvo
llena de ese tipo de individuos, comunes y extraordinarias, cuya existencia
me dio esperanzas. De hecho, el público, en Kalamazoo, evidentemente
preocupado por el mundo al margen de los resultados electorales, era
la prueba viviente de las posibilidades de cambio en este mundo difícil.
Aunque no se lo dije a la persona que me hizo la pregunta, yo había
conocido gente así aquella noche, en aquella misma ciudad.
Durante la cena, antes de la charla, estuve con el cura de la parroquia
de la universidad, un hombre con la contextura de un jugador de fútbol
americano, deporte que había jugado años antes. Le hice
la pregunta que le hago a menudo a la gente que me cae bien: “¿De
dónde sacó las ideas singulares que tiene?”
La de él fue una respuesta de una sola palabra, la misma que
dan tantos: “Vietnam”. Muy a menudo las respuestas a preguntas
esenciales sobre la vida sólo tienen una palabra: Auschwitz...
Hungría... Attica... Vietnam. El cura había estado ahí
en carácter de capellán. Su comandante en jefe era el
Coronel George Patton III. Como digno hijo de su padre, a Patton le
gustaba decir de sus soldados que eran “asesinos de la gran
siete” y no quería usar “la gran puta” pero
no dudaba en decir la palabra “asesinos”. Patton ordenó
al capellán llevar una pistola mientras estuviera en zona de
combate. El capellán se negó y, a pesar de las amenazas,
siguió negándose. Salió de Vietnam con convicciones
fuertes no sólo en contra de esa guerra sino de todas. Y cuando
habló conmigo, viajaba continuamente a El Salvador para ayudar
a la gente que luchaba contra los escuadrones de la muerte y la pobreza.
En la cena también conocí a un joven profesor de sociología
de la Universidad Estatal de Michigan. Criado en Ohio por padres de
la clase trabajadora, él también había terminado
oponiéndose a la guerra de Vietnam. Ahora enseñaba criminología
y no realizaba investigaciones sobre asaltantes y carteristas: investigaba
el crimen de guante blanco, los funcionarios de gobierno y ejecutivos
de corporaciones cuyas víctimas no eran individuos sino la
sociedad en su conjunto.
Es notable la cantidad de historia que puede haber en un grupo pequeño.
En nuestra mesa, también había una mujer joven, recientemente
graduada de la universidad, que estaban ingresando a la escuela de
enfermería para poder ser útil en pueblos de Centroamérica.
La envidiaba. Como muchos de los que escriben, hablan, enseñan,
ejercen el derecho, predican, gente cuya contribución a la
sociedad es tan indirecta, tan incierta, pensé en los que brindan
ayuda inmediata: los carpinteros, las enfermeras, los granjeros, los
choferes de autobuses escolares, las madres. Me acordé del
poeta chileno Pablo Neruda, que escribió un poema sobre su
deseo de toda la vida de poder hacer algo útil con las manos,
hacer una escoba, nada más que una escoba.
No le dije todo eso a la persona que me hizo la pregunta en Kalamazoo.
En realidad, para contestarle hubiera tenido que decirle mucho más
sobre por qué tenía tantas esperanzas aparentemente
inexplicables frente al mundo de la manera en que lo conocemos. Hubiera
tenido que repasar mi vida entera.
Hubiera tenido que contarle que fui a trabajar en a un astillero a
los dieciocho años y que pasé tres años trabajando
en las dársenas, con frío y calor, en medio de ruidos
ensordecedores y emanaciones peligrosas, que construí buques
de guerra y botes de desembarco en los primeros años de la
Segunda Guerra Mundial.
Hubiera tenido que contarle que me alisté en la Fuerza Aérea
a los veintiuno y me entrené como bombardero y volé
en misiones de combate en Europa y más tarde me hice preguntas
difíciles de contestar sobre lo que había hecho en la
guerra.
Y que me casé, fui padre, fui a la facultad por el G.I.
Bill (Ley de Veteranos) mientras trabajaba cargando camiones
en un galpón, y mi esposa trabajaba también y nuestros
dos hijos estaban en una guardería estatal de caridad y todos
vivíamos en departamentos para gente de bajos recursos en el
Lower East Side de Manhattan.
Y que obtuve mi doctorado de Columbia y mi primer trabajo verdadero
de profesor (tuve varios trabajos no del todo verdaderos como profesor)
y tuve que vivir y enseñar en una comunidad de negros en un
estados sureño durante siete años. Y tendría
que hablar sobre los alumnos de Spelman College que un día
decidieron trepar el muro de piedra simbólico y real que rodea
la ciudad universitaria para sentar precedentes en los primeros años
del movimiento por los derechos civiles.
Y sobre mis experiencias en aquel movimiento, en Atlanta, en Albany,
Georgia y Selma, Alabama, en Hattiesburg y Jackson y Greenwood, Mississippi.
Hubiera tenido que contar que me mudé al norte para dar clases
en Boston y que me uní a las protestas contra de la guerra
de Vietnam y que me arrestaron media docena de veces (el lenguaje
oficial de los cargos era siempre interesante: “vagancia y vagabundeo”,
“alteración del orden público”, “resistencia
a desalojar un área”. Y que viajé a Japón
y a Vietnam del Norte y que hablé en cientos de encuentros
y de reuniones políticas y que ayudé a un cura católico
buscado por la policía a pasar a la clandestinidad.
Hubiera tenido que recordar las escenas en varios tribunales en los
que declaré en las décadas de 1970 y 1980. Hubiera tenido
que hablar de los presidiarios que conocí, con condenas cortas
y perpetuas, y de cómo influyeron en mi opinión sobre
la cárcel.
Cuando me transformé en profesor, me fue imposible dejar mis
propias experiencias fuera del aula. Con frecuencia, me preguntaba
cómo hacían tantos profesores para pasar un año
con un grupo de alumnos y no revelar nunca quiénes eran, qué
clase de vida llevaban, de dónde provenían sus ideas,
en qué creían o qué querían para ellos,
para sus alumnos y para el mundo.
¿Acaso el hecho mismo de que esconden todo eso no nos dice
algo terrible: que se puede separar el estudio de la literatura, historia,
filosofía, política, las artes de nuestra propia vida,
nuestras convicciones más profundas sobre el bien y el mal?
Cuando daba clases, nunca oculté mis opiniones políticas:
mi odio contra la guerra y el militarismo, mi furia cuando veo la
desigualdad racial, mi creencia en un socialismo democrático,
en una distribución justa y racional de la riqueza del mundo.
Dejé bien claro mi odio a cualquier tipo de intimidación,
ya sea de países poderosos a países más débiles,
de gobiernos a ciudadanos, de empleadores a empleados, o de cualquiera,
de la izquierda o la derecha, que piensa que tienen el monopolio de
la verdad.
Esta mezcla de activismo y enseñanza, esta insistencia en que
la educación no puede ser neutral en cuestiones cruciales de
nuestros tiempos, este movimiento de idea y vuelta entre el aula y
las luchas externas por parte de profesores que esperan que sus alumnos
hagan lo mismo siempre asustó a los guardianes de la educación
tradicional. Ellos prefieren que la educación simplemente prepare
a la nueva generación para ubicarse en un lugar adecuado en
el viejo orden, no para que ponga en tela de juicio ese orden.
Cuando empezaban las clases, yo siempre dejaba en claro a mis alumnos
que iban a recibir mi punto de vista, pero que iba a tratar de ser
justo con otros puntos de vista. Alentaba a mis alumnos a disentir
conmigo.
No afirmaba ser dueño de una objetividad que no era ni posible
ni deseable. “No se puede ser neutral en un tren en movimiento”,
les decía. Algunos se desconcertaban con la metáfora,
en especial si la interpretaban literalmente y trataban de disecar
su significado. Otros captaban de inmediato lo que quería decir:
que las circunstancias ya se están moviendo en ciertas direcciones
mortales y que ser neutral significa aceptar eso.
Nunca creí que estuviera imponiendo mi punto de vista a hojas
en blanco, a mentes inocentes. Mis alumnos habían tenido un
largo período de adoctrinamiento político antes de llegar
a mi clase. En la familia, en la escuela secundaria, en los medios
masivos de comunicación. En un mercado dominado por tanto tiempo
por la ortodoxia, que lo único que yo quería hacer era
ofrecer mis mercaderías en un carrito pequeño, entre
los demás y dejar que los alumnos eligieran entre ellas.
Los miles de jóvenes que pasaron por mis clases durante años
me dieron esperanzas para el futuro. En las décadas de 1970
y 1980, todos los que estaban del otro lado parecían quejarse
de la “ignorancia” y “pasividad” de esa generación
actual de estudiantes. Pero cuando yo los escuchaba, leía sus
diarios y trabajos, y sus informes sobre la actividad comunitaria
que formaba parte de su tarea asignada, me conmovían la sensibilidad
frente la injusticia que veía en ellos, el afán que
tenían de formar parte de alguna buena causa, su potencial
para cambiar el mundo.
El activismo estudiantil de los ochenta fue chico en proporción
pero en ese momento no había ningún movimiento nacional
importante al que vincularse, y había grandes presiones económicas
de todos lados para “hacer dinero”, “tener éxito”,
sumarse al mundo de los profesionales prósperos. Sin embargo,
muchos jóvenes querían otra cosa, así que yo
no me desesperé. Me acordé de que en la década
de 1950 había observadores arrogantes que hablaban de la “generación
silenciosa” como un hecho indiscutible, y luego, como para hacer
estallar ese concepto, empezó la década de 1970.
Hay algo más, de lo cual es más difícil hablar,
que fue crucial para mi espíritu: mi vida privada. Qué
suerte he tenido de vivir mi vida con una mujer notable de una belleza
de cuerpo y alma, que veo repetida en nuestros hijos y nietos. Roz
compartió y ayudó, trabajó como asistente social
y docente, después desarrolló su talento como pintora
y música. Ama la literatura y se convirtió en la primera
correctora de todo lo que yo escribía. Vivir con ella me dio
una idea más intensa de lo que sí es posible en este
mundo.
Y, sin embargo, soy completamente consciente de las malas noticias
con que nos enfrentamos constantemente. Me rodean, me inundan, me
deprimen intermitentemente, me enfurecen.
Pienso en los pobres de hoy en día: muchos viven en los ghettos
de los que no son blancos, con frecuencia a pocas cuadras de fabulosas
riquezas. Pienso en la hipocresía de los líderes políticos,
en el control de la información por medio del engaño,
de la omisión. Y en cómo, en todo el mundo, los gobiernos
explotan el odio étnico y nacional.
Soy consciente de la violencia cotidiana que se ejerce contra la mayor
parte de la raza humana. Toda esa violencia representada por imágenes
de niños. Niños hambrientos. Niños inválidos
y tullidos. El bombardeo de niños oficialmente declarado como
“daño colateral”.
Mientras escribo esto, en el invierno de 1996, el ánimo general
es de desesperación. El fin de la guerra fría entre
los Estados Unidos y la Unión Soviética no significó
la paz mundial. En los países del bloque soviético hay
desesperación y desorden. Hay una contienda brutal en los Balcanes
y más violencia en África. La élite próspera
del mundo considera conveniente ignorar el hambre y las enfermedades
en países azotados por la pobreza. Los Estados Unidos y otras
potencias siguen vendiendo armas a cualquier país que los compre
a precios redituables. El costo humano no importa.
En este país, la euforia que acompañó la elección
de un joven presidente presuntamente progresista en 1992 se ha evaporado.
Al parecer, el nuevo liderazgo político del país carece
de la visión, la audacia, la voluntad, de romper con
el pasado, al igual que el anterior. Mantiene un enorme presupuesto
militar que distorsiona la economía y solo hace posible esfuerzos
insignificantes para compensar la inmensa brecha entre los ricos y
los pobres. Sin esa compensación, las ciudades siguen flageladas
por la violencia y la desesperación.
Y no hay señales de un movimiento nacional que pueda cambiar
esta situación.
Únicamente el correctivo de la perspectiva histórica
puede iluminar nuestra penumbra. Nótese con qué frecuencia
nos sorprendimos en este siglo. Por el repentino surgimiento
de un movimiento popular, el repentino derrocamiento de una tiranía,
la repentina aparición de una llama que creíamos extinguida.
Nos sorprendemos porque no percibimos lo que se cocina a fuego lento:
la indignación, los primeros sonidos débiles de protesta,
las señales dispersas de resistencia que, en medio de nuestra
desesperación, auguran la emoción del cambio. Los actos
aislados empiezan a unirse, las iniciativas individuales se funden
en acciones organizadas y, un día, --generalmente en el momento
en que la situación parece más desesperante--, irrumpe
un movimiento en la escena.
Nos sorprendemos porque no vemos que debajo de la superficie del presente
siempre hay material humano para el cambio: la indignación
contenida, el sentido común, la necesidad de pertenecer a una
comunidad, el amor por los niños, la paciencia de esperar el
momento justo para actuar junto con otros. Esos son los elementos
que afloran a la superficie cuando aparece un movimiento en la historia.
Las personas son prácticas. Quieren cambios pero se sienten
impotentes, solas, no quieren ser la hoja de hierba que sobresale,
la que cortan primero. Esperan la señal de otro que haga el
primer movimiento o el segundo. Y algunas veces, en la historia, hay
personas intrépidas que se arriesgan pensando que, si ellos
hacen el primer movimiento, otros los seguirán rápidamente
y no permitirán que los corten. Y si entendemos esto, somos
nosotros los que podemos dar el primer paso.
Esto no es una fantasía. Así es cómo ocurrieron
los cambios una y otra vez en el pasado, incluso en el pasado muy
reciente. Estamos tan abrumados por el presente, una catarata
de imágenes e historias que nos empapa todos los días,
que ahoga esa historia, que no es extraño que perdamos las
esperanzas.
Me doy cuenta de que es más fácil para mí abrigar
esperanzas porque, en muchos aspectos, tuve suerte.
Por empezar, tuve suerte de haber escapado de las circunstancias de
mi infancia. Tengo recuerdos de mi padre y mi madre, que se conocieron
como obreros industriales inmigrantes y trabajaron duro toda la vida
y nunca salieron de la pobreza. (Siempre me siento un poco furioso
cuando oigo la voz de los arrogantes y acaudalados: tenemos un sistema
maravilloso; si se trabaja duro, se logra el éxito. Qué
duro trabajaron mis padres. Qué valientes fueron para conseguir
apenas mantener a cuatro hijos con vida en los conventillos sin agua
caliente de Brooklyn.)
Suerte, después de pasar de un mal trabajo a otro, de encontrar
un trabajo que amaba. Suerte de encontrar gente notable por todos
lados, de tener tantos buenos amigos.
Y además, suerte de estar vivo porque mis dos mejores amigos
de la Fuerza Aérea —Joe Perry, de diecinueve, y Ed Plotkin,
de veintiséis— murieron en las últimas semanas
de la guerra. Fueron mis compañeros de entrenamiento básico
en el cuartel de Jefferson, Missouri. Marchábamos juntos en
el calor del verano. Salíamos de licencia juntos los fines
de semana. Aprendimos a volar **Piper Cubs en Vermont y jugamos básquet
en Santa Ana, California, mientras esperábamos que nos asignaran
tareas. Después Joe se fue a Italia como bombardero, Ed al
Pacífico como piloto y yo a Inglaterra como bombardero. Joe
y yo nos escribíamos y yo le hacía las bromas que le
hacíamos siempre los que volábamos los B-17 a los que
volaban los B-24: los llamábamos B-guión-dos-colisión-cuatro.
La noche en que terminó la guerra en Europa, mi tripulación
viajó a Norwich, la ciudad principal de East Anglia, donde
todos estaban en la calle, locos de alegría, la ciudad radiante,
iluminada con luces, que habían estado apagadas durante seis
años. La cerveza corría a raudales, se envolvían
grandes cantidades de pescado y papas fritas en papel de diario y
se entregaban a todo el mundo, la gente bailaba y gritaba y se abrazaba.
Unos días después, me devolvieron la última carta
que le había mandado a Joe Perry con una anotación a
lápiz en el sobre: “Fallecido”. Una despedida demasiado
rápida para la vida de un amigo.
Mi tripulación voló de vuelta por el Atlántico
en un B-17 viejo y estropeado por las batallas, lista para seguir
bombardeando en el Pacífico. Después llegó la
noticia de la bomba atómica sobre Hiroshima y nos sentimos
agradecidos porque la guerra había terminado. (No tenía
idea de que un día visitaría Hiroshima y conocería
gente ciega y lisiada que había sobrevivido a la bomba ni de
que ese día reconsideraría ese bombardeo y todos los
demás.)
Cuando terminó la guerra y ya estaba de vuelta en Nueva York,
busqué a la esposa de Ed Plotkin: él había salido
a escondidas de Fort Dix la noche anterior a la partida hacia el extranjero
para pasar una última noche con ella. Me contó que Ed
se había estrellado en el Pacífico y había muerto
justo antes de que terminara la guerra y de que ella había
quedado embarazada la noche que él la vio sin permiso. Años
más tarde, cuando daba clases en Boston, alguien se me acercó
después de la clase con una nota: “La hija de Ed Plotkin
quiere encontrarse con usted”. Nos encontramos y le conté
todo lo que sabía sobre el padre que ella nunca había
visto.
Así que siento que recibí un regalo —inmerecido,
simplemente suerte— de casi cincuenta años de vida. Siempre
soy consciente de eso. Durante muchos años después de
la guerra, tuve un sueño recurrente. Dos hombres caminaban
delante de mí en la calle. Se daban vuelta y eran Joe y Ed.
En lo más profundo de mi psiquis, creo, está la idea
de que les debo algo porque yo tuve suerte y ellos no. Por supuesto
que quiero divertirme; no tengo ganas de ser un mártir, aunque
conozco a algunos mártires y los admiro. Sin embargo, les debo
algo a Joe y a De. No puedo desperdiciar mi regalo, tengo que usar
bien estos años, para mí y para ese nuevo mundo que
creímos que nos prometía la guerra que se llevó
sus vidas.
Así que no tengo derecho a la desesperación.
Insisto con la esperanza.
Sí, es un sentimiento. Pero no es irracional. La gente respeta
los sentimientos pero quiere razones. Razones para seguir adelante,
para no rendirse, para no refugiarse en el lujo privado o la desesperación
privada. La gente quiere pruebas de esas posibilidades de la conducta
humana de las que acabo de hablar. Sugerí que hay razones.
Pienso que hay pruebas. Pero son demasiadas para decírselas
a la persona que me hizo la pregunta en Kalamazoo aquella noche.
II
En la primavera de 1988, tomé la súbita decisión
de dejar de dar clases después de treinta y tantos años
en Atlanta y Boston y tres cargos de profesor visitante en París.
La decisión me sorprendió porque me encanta enseñar
pero quería más libertad, para escribir, para hablarle
a la gente por todo el país, para tener más tiempo con
mi familia y amigos.
Tendría más oportunidades de hacer cosas con Roz, que
había dejado el trabajo social y estaba tocando música
y pintando. Nuestra hija y su esposo, Myla y Jon Kabat-Zinn, vivían
en la zona de Boston y podríamos pasar más tiempo con
sus hijos, nuestros nietos: Will, Naushon, Serena. Nuestro hijo Jeff
y su esposa, Crystal Lewis, vivían en Wellfleet, en Cape Cod,
donde él dirigía y actuaba con la compañía
Wellfleet Harbor Actors Theater. Podríamos prestar más
atención a su trabajo mientras disfrutábamos de las
magníficas playas y del aire marino del cabo, donde compartíamos
una casa de veraneo con nuestros viejos amigos de Spelman, Pat y Henry
West.
También estaba deseoso de dedicarme a mi interés en
escribir obras de teatro. Había visto a todos los miembros
de mi familia involucrarse con el teatro. Myla y Roz habían
actuado en Atlanta y Boston. Jeff hizo su vida de eso. Cuando terminó
la guerra de Vietnam, y sentí un poco de espacio para respirar,
escribí una obra sobre Emma Goldman, la anarquista feminista
que, alrededor de principios de siglo, causó sensación
en los Estados Unidos con sus ideas audaces.
Emma se produjo primero en Nueva York, en el Teatro para
la Nueva Ciudad y la dirigió Jeff. Me gustaba la idea de que
mi hijo y yo trabajábamos juntos, hombro a hombro pero la verdad
era que ¡como director él estaba a cargo! Fue una colaboración
cálida y maravillosa. Después la obra se produjo en
Boston, con la dirección brillante de Maxine Klein, y tanto
los críticos de teatro como el público se entusiasmaron
con ella. Estuvo en cartel ocho meses y fue el récord de permanencia
de 1977 en Boston. Hubo más producciones, en Nueva York, Londres,
Edinburgo y después (traducida al japonés) una gira
por Japón. Me contagié la fiebre del mundo del teatro
y nunca me curé.
La noticia de que dejaba Boston parecían difundirse; mi última
clase estuvo especialmente poblada, con gente que no era parte de
ella en realidad, parada contra la pared o sentada en los pasillos.
Contesté preguntas sobre mi decisión y tuvimos un debate
final sobre la justicia, el papel de la universidad, el futuro del
mundo.
Después les dije que terminaba la clase media hora antes y
les expliqué por qué. Había una lucha entre el
cuerpo de profesores de la Escuela de Enfermería de la Universidad
de Boston y la administración, que había decidido cerrar
la escuela porque no producía suficiente dinero y por supuesto,
pensaban echar a los profesores. Ese mismo día, las enfermeras
hacían una manifestación de protesta. Yo pensaba unirme
a ellas e invité a mis alumnos a que viniesen conmigo (Roz
me había dado la idea la noche anterior). Cuando salí
del aula, alrededor de cien alumnos vinieron conmigo. Las enfermeras,
que necesitaban ese apoyo con desesperación, nos recibieron
con alegría y marchamos todos juntos.
Parecía la manera apropiada de terminar mi carrera como profesor.
Yo siempre había dicho que una buena educación era una
síntesis de adquisición de conocimientos a través
de los libros y compromiso con la acción social, siempre había
dicho que ambas cosas se enriquecían mutuamente. Quería
que mis alumnos supiesen que la acumulación de conocimientos,
aunque es fascinante en sí misma, no es suficiente teniendo
en cuenta que hay tanta gente en el mundo que no tiene la oportunidad
de sentir esa fascinación.
Pasé los años siguientes respondiendo invitaciones y
charlas y viajando por todo el país. Lo que descubrí
fue alentador. En cualquier ciudad, chica o grande, en cualquier estado,
siempre había un grupo de personas que se interesaban por los
enfermos, los hambrientos, las víctimas del racismo, las víctimas
de la guerra, y que hacían algo, por pequeño
que fuera, con la esperanza de cambiar el mundo.
En cualquier lugar que estuviese —Dallas, Texas o Ada, Oklahoma
o Shreveport, Lousiana o Nueva Orleans o San Diego o Filadelfia o
Presque Island, Maine o Bloomington, Indiana u Olympia, Washington—
encontraba personas así. Y más allá del puñado
de activistas, parecía haber miles de personas abiertas a ideas
no ortodoxas.
Pero tendían a no conocer la existencia del otro y, por lo
tanto, aunque persistían, lo hacían con la desesperada
paciencia de Sísifo cuando empuja la gran piedra cuesta arriba.
Traté de decirle a cada grupo que no estaba solo, que las personas
desanimadas porque la falta de un movimiento nacional eran la prueba
misma de la posibilidad de ese movimiento. Supongo que estaba tratando
de convencerme a mí mismo además de a ellos.
La guerra del Golfo Pérsico contra Irak, a principios de 1991,
fue especialmente desalentadora para todos aquellos que confiaban
en que Vietnam había acabado con la era de acciones militares
estadounidenses a gran escala. Los diarios informaban que el 90 %
de los encuestados apoyaba la decisión del presidente Bush
de ir a la guerra. Todo el país parecía festoneado con
cintas amarillas para expresar el apoyo a las tropas del Golfo. No
era fácil oponerse a la guerra y dejar muy en claro al mismo
tiempo que, en realidad, cuando queríamos traer a las tropas
de vuelta a casa, las estábamos apoyando a nuestra manera.
En el clima caliente de esos días, ese tipo de afirmación
parecía imposible.
Sin embargo, seguí sorprendiéndome en todos los lugares
a los que fui. No estaba hablando solamente para públicos pequeños
y selectos, públicos que se oponían a la guerra; hablaba
para grandes asambleas de alumnos de universidades y escuelas secundarias:
y mi crítica a la Guerra del Golfo, y a la guerra en general,
recibía siempre un consenso vigoroso.
Llegué a la conclusión de que lo que ocurría
no era que las encuestas estuvieran equivocadas cuando mostraban un
90 % de apoyo sino que el apoyo era superficial, delgado como un globo,
inflado artificialmente por la propaganda política gubernamental
y la colaboración de los medios, un apoyo que se podía
pinchar con unas pocas horas de examen crítico.
Cuando llegué en medio de la guerra a un community college
de una ciudad de Texas (una ciudad dedicada a la actividad petrolera
y química cerca de la costa del Golfo), encontré el
salón de conferencias atestado de unas quinientas personas
más o menos, en general de más edad que los estudiantes:
veteranos de Vietnam, obreros jubilados, mujeres que volvían
a estudiar después de criar una familia. Me escucharon en silencio
y yo hable sobre la futilidad de la guerra y la necesidad de usar
el ingenio humano para encontrar otras maneras de resolver problemas
de agresión e injusticia, y después me aplaudieron mucho,
una ovación.
Mientras hablaba, vi a un hombre sentado en la parte de atrás
del salón, un hombre que rondaba los cuarenta años,
de saco y corbata, con pelo oscuro y bigote y supuse que era de alguna
parte de Medio Oriente. Durante el largo período de preguntas
y debate, se mantuvo en silencio pero, cuando el moderador dijo
--¿Alguna otra pregunta? --levantó la mano y se paró.
--Soy iraquí --dijo. En el salón se hizo un gran silencio.
Después nos contó que hacía dos años se
había hecho ciudadano estadounidense y que durante la ceremonia
mujeres de la asociación “Hijas de la Confederación”
habían repartido banderitas de los Estados Unidos a los flamantes
ciudadanos. --Estaba muy orgulloso. Puse esa banderita en mi escritorio
de trabajo. La semana pasada, oí en el noticiero que aviones
estadounidenses habían bombardeado mi pueblo, al norte de Irak,
un lugar sin ninguna importancia militar. Saqué la bandera
de mi escritorio y la quemé.
El silencio en el recinto era total y absoluto. El hombre hizo una
pausa.
--Me dio vergüenza ser estadounidense --.Hizo otra pausa. --Hasta
esta noche, que vine acá y los escuché a todos ustedes
pronunciarse en contra de la guerra.
Se sentó. Por un momento, nadie hizo ni un ruido y después
el salón resonó con un gran aplauso.
Larry Smith, mi anfitrión en la ciudad de Texas, era miembro
del cuerpo de profesores del college, un tejano flaco y barbudo
que parecía el Tom Joad de Viñas de ira. En
cierto momento, su carrera se convirtió en objeto de controversia
cuando un colega lo acusó de tener ideas radicales y de ser
anti-estadounidense, y sugirió a los miembros del directorio
que lo despidieran. Se realizó un reunión, en la que
alumno tras alumno dijo que Larry Smith era un profesor estupendo
y que les había ampliado el pensamiento de muchas maneras.
Una mujer que había sido alumna de él dijo:
--Todos los profesores son como las páginas de un libro y sin
la edición completa nunca vamos a tener toda la historia.
El presidente del college dijo:
--Si criticar al gobierno es ser anti-estadounidense y pro-comunista...
sospecho que todos somos culpables.
Los miembros del directorio votaron por unanimidad el apoyo a Smith.
En la primavera de 1992 me invitaron a Wilkes-Barre, Pennsylvania.
Allá, en el Valle de Wyoming, donde se juntan los ríos
Lackawanna y Susquehanna, donde justo antes de la Revolución
una compañía que quería la tierra quemó
todos los hogares de los aborígenes hasta reducirlos a cenizas,
había varios cientos de personas unidos en un concejo de distintas
creencias. En ese concejo, grupos feministas y pro desarme trabajaban
juntos y gran parte de su actividad era para ayudar a pueblos centroamericanos
que luchaban contra gobiernos militares apoyados por los Estados Unidos.
Una monja y un cura eran mis anfitriones en ese lugar. El cura, el
Padre Jim Doyle, enseñaba ética en Kings College, en
Wilkes-Barre. Había sido traductor de italiano en campos de
prisioneros de guerra en la Segunda Guerra Mundial y más tarde
el shock que le causó la guerra de Vietnam lo llevó
a iniciarse en la actividad política.
Me fui de Wilkes-Barre con la idea de que seguramente había
activistas así en miles de comunidades por todo el país,
activistas que no sabían que existían otros activistas
semejantes. Si eso era verdad ¿acaso no había enormes
posibilidades de cambio?
En Boulder, Colorado, conocí al notable Sender Garlin. Tenía
ochenta años y era un viejo periodista de diarios radicales,
una condensación muy flaca con una energía enorme. Me
había organizado la visita y me había dicho con confianza:
“Estuve promocionando la visita. Pienso que van a venir por
lo menos quinientas personas”. Fueron mil.
Resultó que Boulder desbordaba de todo tipo de actividades.
La estación de radio local era una meca de los medios alternativos
y ponía opiniones disidentes en el aire de todo el sudoeste
del país. Me presentaron al periodista que hacía las
entrevistas, un as, David Barsamian, empresario de la emisión
radial alternativa, que compartía sus casetes con cientos de
emisoras locales del país.
Viajando por el país me llamó la atención una
y otra vez la reacción favorable de la gente frente a lo que
es indudablemente un concepto radical de la sociedad: antibélico,
antimilitar, crítico en cuanto al sistema legal, una visión
que apoya una redistribución drástica de la riqueza,
que sustenta la protesta hasta el punto de la desobediencia civil
inclusive.
Me encontré con esta situación incluso cuando hable
frente a los cadetes de la Academia de Guardacostas de Newport, Rhode
Island, o frente a una asamblea de novecientos alumnos del Politécnico
de California en San Luis Obispo, que tiene fama de conservador.
Un hecho particularmente alentador fue descubrir en todas partes docentes
--maestros de escuela primaria, secundaria profesores en universidades--,
que en algún momento de sus vidas se habían sentido
tocados por algún fenómeno: el movimiento por los derechos
civiles o la guerra de Vietnam o el movimiento feminista o el peligro
ambiental o la difícil situación de los campesinos centroamericanos.
Eran docentes con conciencia y enseñaban los fundamentos prácticos
a sus alumnos pero también estaban decididos a estimular mejor
conciencia social en sus alumnos..
En 1992, miles de docentes de todo el país empezaban a enseñar
la historia de Colón de otra manera, a reconocer que, para
los aborígenes, Colón y sus hombres no eran héroes
sino saqueadores. Y lo importante no era sólo revisar nuestra
visión del pasado sino también incentivar el pensamiento
sobre el presente.
Lo más notable era que había profesores aborígenes,
activistas comunitarios aborígenes, al frente de esta campaña.
¡Qué lejos estamos de aquel período de invisibilidad
aborigen, cuando se daba por sentado que estaban muertos o recluidos
en reservas para nuestra seguridad! Han vuelto, quinientos años
después de que los invasores europeos casi los aniquilaran,
para exigir a los Estados Unidos que replanteen sus orígenes,
sus valores.
Lo que me alienta es justamente ese cambio en la conciencia.
Es cierto que el odio racial y la discriminación sexual todavía
están entre nosotros, la guerra y la violencia todavía
envenenan nuestra cultura, tenemos una gran subclase de pobres desesperados,
y hay una gran porción de la población que está
contenta con el estado de cosas que tiene miedo al cambio.
Pero si sólo vemos eso, estamos perdiendo la perspectiva histórica
y entonces es como si hubiésemos nacido ayer y conociéramos
sólo las historias deprimentes del diario de esta mañana,
de los noticieros de esta noche.
Consideremos la notable transformación que se ha dado en apenas
unas pocas décadas en la conciencia que tiene el pueblo sobre
el racismo, en la audaz presencia de las mujeres que exigen el lugar
que les corresponde, en la creciente percepción del público
de que los homosexuales no son curiosidades sino seres humanos, en
el creciente escepticismo sobre la intervención militar, un
escepticismo a largo plazo que sobrevive a pesar de la breve ola de
locura militar durante la Guerra del Golfo.
Yo creo que lo que tenemos que ver para no perder las esperanzas es
ese cambio a largo plazo. El pesimismo se convierte en una
profecía que se auto cumple, se auto reproduce y mutila nuestra
voluntad de actuar.
Hay una tendencia a pensar que lo que vemos en el presente lo seguiremos
viendo siempre. Nos olvidamos de la frecuencia con que en este siglo
nos hemos sorprendido por el repentino desmoronamiento de las instituciones,
por los cambios extraordinarios del pensamiento del pueblo, por estallidos
inesperados de rebelión contra las tiranías, por el
rápido colapso de sistemas de poder que parecían invencibles.
Las cosas malas que ocurren son repeticiones de cosas malas que siempre
ocurrieron: guerra, racismo, maltrato de las mujeres, fanatismo religioso
y nacionalista, hambre. Las cosas buenas que ocurren son inesperadas.
Inesperadas y aun así explicables por medio de ciertas verdades
que de vez en cuando nos estallan en la cara y que tendemos a olvidar:
El poder político --aunque sea un poder temible-- es más
frágil de lo que pensamos. (Fíjense qué nerviosos
están los que lo tienen.)
Se puede intimidar a la gente común, se la puede engañar
por un tiempo, pero en el fondo, la gente tiene sentido común
y tarde o temprano encuentra la manera de desafiar al poder que la
oprime.
La gente no es naturalmente violenta o cruel o codiciosa,
aunque se la puede llevar a ser así. Los seres humanos de todas
partes quieren lo mismo: se conmueven cuando ven niños abandonados,
familias sin techo, víctimas de la guerra; anhelan la paz,
la amistad y el afecto más allá de las barreras de la
raza y la nacionalidad.
El cambio revolucionario no se presenta como un cataclismo momentáneo
(¡hay que cuidarse de los momentos de cataclismo!): es una sucesión
interminable de sorpresas, que se mueve en zig zag hacia una sociedad
más decente.
No tenemos que involucrarnos en acciones grandiosas, heroicas para
participar del proceso de cambio. Los actos pequeños, cuando
se multiplican por millones de personas, pueden transformar el mundo.
Tener esperanzas en tiempos difíciles no es una estupidez romántica.
Se basa en el hecho de que la historia humana no se refiere sólo
a la crueldad sino también a la compasión, el sacrificio,
el coraje, la bondad.
Lo que elijamos enfatizar en esta historia compleja determinará
nuestras vidas. Si solo vemos lo peor, lo que vemos destruye nuestra
capacidad de hacer algo. Si recordamos los momentos y lugares --y
hay tantos...-- en los que la gente se comportó magníficamente,
eso nos dará la energía para actuar, y por lo menos
la posibilidad de empujar a este mundo, que gira como un trompo, en
otra dirección.
Y si actuamos, por pequeña que sea nuestra acción, no
tenemos por qué sentarnos a esperar que llegue un futuro grandioso
y utópico. El futuro es una sucesión infinita de presentes
y vivir ahora como pensamos que deberían vivir los
seres humanos, a despecho de todo lo malo que nos rodea, es en sí
mismo una victoria maravillosa.
Traducción: Valeria Verona.
I.N.E.S. en Lenguas Vivas “Juan Ramón Fernández”
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