Emar y Palacio
Por Sebastián E. Sustas
De instintos y racionalidades.
Existe, una especie de mito, algo así como una teoría conspirativa acerca del manicomio. Esta teoría, mito más bien, podría relatarse de esta forma: uno es un individuo autosuficiente, que se rige por las normas y modos de una sociedad X. En ella, en el mejor de los casos, adquiere mérito por seguir determinadas normas o leyes estatuidas, y a la vista de los demás, la rectitud de uno proviene de la fuerza interior que lleva a no alejarse de ese camino reglado. Es decir, la autosuficiencia individual es observada como una virtud propia de aquellos hombres-héroes modernos, ellos son el futuro. Sin embargo, una serie de hechos, no importa de que índole, producen un estado tal, donde este individuo se encuentra cuestionado en aquello que siguió toda su vida. Esos valores y normas parecen traicionarlo, lo que daba por verdad se difumina, “lo sólido se desvanece en el aire”. Y la punta final de esta sucesión se encuentra en un encierro en una institución total. Para peor, nuestro individuo no comprende el porque de su encierro, pero es capaz de observar los desajustes entre lo que siempre dio por certeza, y su situación actual.
Este miedo, recreado muchas veces como una conspiración frente a la “verdad” del que es sujeto del encierro, puede servirnos para observar como Juan Emar se adentra en una temática similar en su novela Ayer.
Juan y su mitad visitan a los padres de él en el palacete sobre la calle de los sagrados corazones. Al llegar la pareja, son sorprendidos por la familia de Juan en un estado de hilaridad, que al menos exteriormente, evidenciaba una situación compartida por ellos, pero ajena al mismo Juan, quien de hecho parecía ser el que le daba sentido a la situación en su conjunto. Lo compartido, la causa de la hilaridad, era una apuesta. ¿Sería Juan capaz de atreverse a ver que había detrás del sofá esquinado? A partir de esta propuesta producto de la apuesta, se desata toda una reflexión en la cual Emar nos expone los cuestionamientos fundacionales del hombre moderno. Lo paradójico, por llamarlo de alguna manera, es el hecho que los cuestionamientos emergen a partir de una situación que en ningún momento pareciera ser posible causante de tamaña reflexión. Creo que allí reside la potencia de la exposición.
La apuesta puso a Emar en una situación en la cual sus cavilaciones lo llevaron a pensar en las diferentes cosas que podrían estar escondidas detrás del sofá. Ya entonces, cierto malestar lo invadía, el miedo a tener miedo se hizo evidente. Lo que él temía no era a la cosa, sino a él mismo puesto ante la cosa y la sucesión de estados de ánimos que se sucederían. La cosa podría tomar su aspecto menos deseado, en el caso de Juan Emar representado en algo gelatinoso de color concho de vino y con patas. Esta personificación de la cosa en un objeto definido, no hace más que resaltar que lo importante de la reflexión reside en la operativa que desata esa sucesión de estados de ánimo, ya que el objeto gelatinoso funciona como un símbolo de aquellas pruebas o instancias que tienen la capacidad de funcionar como clivajes entre el mundo racional y el mundo de las pasiones inconscientes. Emar lo relata así: miedo a verme cogido por una sucesión de estados de ánimo que, partiendo de mi primera impresión ante la vista de la cosa gelatinosa, podría ir a terminar, (…) al crecer por su propio impulso, nada menos que en el manicomio.
Más allá de discusiones psicoanalíticas acerca del lo conciente e inconciente, lo que se activa en una sucesión de hechos, es aquello que no damos cuenta cuando lo que nos gobierna es nuestra racionalidad instrumental. Ella gobierna y da sentido en el mundo cotidiano, sea Lima o San Agustín de Tango, de forma tal de robustecer un sentido uniforme y homogéneo. Lo inconciente, los instintos remarca Emar, al gobernarnos pueden llevar a activar una sucesión de hechos concatenados, que observados desde la racionalidad conciente, pondrían en jaque los atisbos de rectitud institucionalizados. Y aún más, el riesgo se convierte en extremo, y abre las posibilidades de traspaso de las fronteras de sociabilidad permitidas. Lo que podría desatarse en sucesión de hechos a partir de estados de ánimo, adquiere las posibilidades concretas de un fatalismo cargado de una latencia demoníaca. Así, los estados de ánimo, gobernados por los demonios intestinos en desequilibrio, activan una sucesión de hechos concretos, que pueden seguir la lógica que los genera, por ejemplo: ira, asesinatos donde el color rojo nos muestra y nos mancha con la sangre de la cual estamos conformados, etc.
A diferencia del mito del manicomio que mencionamos más arriba, el manicomio para Emar se encuentra en la latencia de los instintos irracionales, como una prueba y crítica a todo aquello que conforma el aura del progreso indefinido moderno. Para el mito del manicomio, el individuo nunca perdió sus formas regidas por la lógica racional, para el manicomio de Emar, los individuos se encuentran en un raid de hechos que no encuentra una necesaria fundamentación racional, sino que se sustentan en la presencia constante de una serie de instintos irracionales e inconscientes. Las posibilidades de manicomio nos son un miedo que deriva en un mito, sino una posibilidad real, que se encuentra presente en cada uno de los sujetos. Objetos cotidianos pueden esconder, o ser ellos mismos, los que produzcan el comienzo de una operatoria de sucesión de hechos con destino fatal, de allí la advertencia de Emar: no hay que fiarse mucho ante una simple silla o ante un simple sombrero. Es decir, aquello que se nos presenta como algo cotidiano de nuestro mundo, un objeto de distinción o lo que sea, tiene la potencialidad de subvertir lo dado, y en consecuencia, la llave para una crítica que no requiere de un individuo poseedor de cierta aura ni capacidad de acción. Todo se encuentra allí, sólo se requiere de la atmósfera necesaria para que sea expuesto.
La ciudad y la muerte violenta.
Generalmente se suele situar a los actores en su contexto histórico, ya que las ideas suelen tener una conexión cercana con el tiempo histórico, con el tiempo lineal. Así, tanto Juan Emar como Pablo Palacio escriben cuando las ciudades son creadas, y donde luego, en una segunda instancia, al menos según Emar, los hombres fueron creados para poblarlas. Tres procesos ocurren de forma simultánea en nuestros países: Urbanización, Industrialización, Migración masiva. Lo particular, lo distintivo, es que estos procesos ocurren en un breve espacio de tiempo (si es que tal cosa puede decirse en relación con el espacio y el tiempo), por lo cual algunos rasgos inherentes a estos fenómenos se intensifican.
Arriesgare un intento de abstracción acerca de las muertes violentas. En un primer momento, estos tipos de muertes ocurrían a menudo en las zonas rurales a manos de conocidos, cercanos. Es decir, el riesgo de morir violentamente, estaba dado por conflictos con vecinos, cercanos, próximos en definitiva. En las ciudades, la concentración y circulación constante de personas, genera una atmósfera de indolencia, donde el contacto con los otros suele tener una característica de inmediatez efímera. Así, las certezas dadas por la cercanía espacial y espiritual entre los pobladores de las zonas rurales, muta en una incertidumbre propia de las ciudades. Donde antes había conocimiento compartido, ahora emergen las posibilidades concretas de un desconocimiento en común. En consecuencia, el temor por la muerte violenta continua su labor subterránea, pero se expone y cristaliza en las ciudades, como el miedo hacia lo(s) desconocido(s), es decir, todo(s) aquello(s) que comparten conmigo el habitad citadino. La muerte violenta es una muerte en manos de un desconocido.
En “Un hombre muerto a puntapiés”, Palacio relata la historia de una muerte violenta. Pero véase, que el motivo del interés, por el cual el propio Palacio emprende su investigación para averiguar los porque del hecho, se debe, sobre todo a la hilaridad que este tipo de muerte le genera. ¿Puede una muerte de este tipo causar gracias? Sin duda, para Palacio la respuesta es afirmativa, pero no para aquellos ciudadanos que habitan las urbes de nuestros pagos.
Concentrándonos en la muerte, observamos que hay una serie de características que se destacan. Espacialmente, aquel que muere es un extranjero. Con este adjetivo estoy indicando algo más que la no pertenencia a determinada nacionalidad o cualquier relación con una localidad, sino una lejanía que nos permite percibir una distancia que trasciende lo espacial. Es decir, el que muere es un extraño, y además es ajeno, no sólo a lo que es común a lo cotidiano-local, sino a los valores compartidos por aquellos que viven en la urbe. Esto me habilita a introducir otro concepto: el que muere es espiritualmente un vicioso. De tal forma, tanto lo espacial como lo espiritual se aúnan para hacernos notar lo diferente, lo raro, e inmundo del sujeto muerto. No creo poder afirmar relaciones causales, pero sí así pudiera, podría arriesgar que el carácter de vicioso en el muerto es una consecuencia producto de su extranjería.
En definitiva, nuevamente aquí podemos hallar un mecanismo similar al de Emar, Palacio expone como un asesinato es lo visible de una forma de relación propia de las ciudades, donde cada uno de los sujetos es posible de ser encasillado en la categoría de extranjero o vicioso.
Finalmente, y a modo de conclusión, se puede realizar un relato entre algunos mojones compartidos entre los autores citados. Emar, en Ayer, nos muestra la latencia de aquello que se creía olvidado, de aquello que depositado en los sustratos subterráneos de los sentidos, emerge cuando las grietas del pretendido progreso ilimitado hacen agua. Pero esta latencia no se expresa, al menos no necesariamente, con una presencia netamente inconciente, sino a partir de hechos concretos que son observados por la racionalidad como horrorosamente perturbadores: asesinatos, mutilaciones, cuerpos sin piel. Lo(s) “raro(s)” son el síntoma. Palacio, por su parte, se encuentra más acá, ya que relata la muerte violenta de un síntoma, el vicioso. La muerte del raro-vicioso nos muestra, asimismo, la violencia concreta que la racionalidad puede emplear en sus intentos de aplacar la emergencia constante de una marea de hechos inevitables. Estos, no requieren más que un instante, o determinado suceso, para que comiencen a suceder en una cadena, que tiene en un estado de ánimo la génesis de su sentido.
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