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Eric
Hobsbawm: historia social e historia militante
Por Pablo
A. Pozzi. Profesor Titular,
Departamento de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad
de Buenos Aires, Argentina.
Cuando ingresé por primera vez a la universidad para estudiar
historia, allá por el año 1971, la Argentina se estremecía
en los comienzos de un auge revolucionario, el Che hacía poco
que había sido asesinado en Bolivia, y los Tupamaros uruguayos
nos entusiasmaban con su accionar tipo “Robin Hood”.
En ese momento uno de mis profesores de historia me obligó
(literalmente) a leer un libro con un título que me parecía
francamente aburrido: Rebeldes Primitivos1.
Encima estaba escrito por un tipo de nombre impronunciable que, por
ser inglés, indudablemente debía ser un imperialista
agente de la penetración extranjera: Eric Hobsbawm. Como dirían
mis alumnos el día de hoy, “me voló la cabeza”.
Resultaba que el inglés no sólo no era un agente imperialista
sino que su historia era buena, relevante y, sobre todo, servía
para comenzar a investigar y explicar la revolución latinoamericana
que nos apasionaba y movilizaba. Poco tiempo más tarde leíamos
fascinados La Era de la revolución2.
Para nosotros esta obra era algo así como El Capital
de Marx llevado a los estudios históricos y que, además,
se podía entender.
Este gran historiador y comunista fue uno de los que me hizo entrar
en crisis con una práctica por la cual la militancia iba por
un carril y lo intelectual por otro. Así, la historia social
de historiadores como Hobsbawm y E. P. Thompson captó a gran
parte de mi generación, sobre todo a los que considerábamos
los más inteligentes y más comprometidos. Los otros
se dividían entre una derecha positivista y rankeana y un reducidísimo
grupos de admiradores de Annales que se dedicaban a cosas,
para nosotros, irrelevantes e inútiles como “la vida
cotidiana” o “las mentalidades”.
Para nosotros la historia social, marxista y militante, era una forma
de poner nuestra profesión al servicio de la liberación
nacional y social aportando a comprender las profundas razones históricas
de la dominación y la explotación en América
latina. Queríamos disputar, al decir de los revolucionarios
vietnamitas, “el corazón y la mente” de la gente
y “ganar la calle”. Leíamos ávidamente,
entre tantos otros, a Trotsky, a Rosa Luxemburgo, a Lukács.
Entre los historiadores admirábamos a Pierre Vilar, a Sergio
Bagú, a Pierre Broué, y sobre todo a los marxistas ingleses
como Maurice Dobb y su modelo de historiador comprometido y militante.
Entre éstos últimos Hobsbawm era una referencia ineludible.
Éste tenía la importancia de que no sólo era
un gran historiador, sino que era marxista y que, además, el
individuo común podía entender y deleitarse con sus
aportes. Pero además era un conspicuo militante comunista.
Esto último nos generaba algunas contradicciones: al fin y
al cabo la mayoría de nosotros éramos antistalinistas
y cuestionábamos al PC argentino, pero rescatábamos
el compromiso militante del historiador. Muchos de nosotros nos volcamos
de la militancia en historia a la militancia revolucionaria, y muchos
de mis compañeros y amigos hoy en día no están
más, habiendo pagado con su vida haber sido consecuentes con
sus ideales.
En Hobsbawm, y en otros historiadores, veíamos claramente una
fusión de teoría y praxis por la cual la labor del historiador
era lo que deseábamos: útil a la sociedad, a los explotados,
a la clase obrera. Para ser un buen militante había que desarrollar
el intelecto, o sea ser un buen estudiante. Y para ser un buen intelectual
había que cotejar las ideas, cotidianamente, con una práctica
política y social. Era un modelo distinto de intelectual al
que predicaban tanto nuestros profesores como aquellos intelectuales
vinculados al Partido Comunista: marxista, militante, creativo, no
dogmático, con una formación cultural envidiable, y
profundamente serio y científico en lo que hacía. En
síntesis, era el mejor ejemplo de lo que un intelectual marxista
debía ser. Es más, ni siquiera lo podían acusar
de no tener “excelencia académica” como dirían
el día de hoy. Así, muchos nos forjamos humana y profesionalmente,
aunque fuera tímidamente, con este modelo del intelectual militante.
No quiero decir que en lo personal lograra cumplir cabalmente con
esta aspiración pero siempre fue un objetivo y una especie
de benchmarking (para usar la moderna terminología
tan cara a los explotadores actuales de la clase obrera).
Para que quede más claro lo que quiero decir voy a relatarles
dos anécdotas. El primero de hace ya muchos años, cuando
varios activistas y antiguos integrantes de la comisión interna
de la fábrica Propulsora Siderúrgica me invitaron a
discutir con ellos la historia de la clase obrera argentina. Propulsora
fue una de las grandes fábricas metalúrgicas con una
gran tradición militante, cuya conducción la detentaban
militantes marxistas revolucionarios. Llegué a la reunión
preparado para dictar cátedra, al fin y al cabo yo era el que
sabía. Pero una vez allí me encontré a estos
militantes obreros enfrascados en una discusión sobre los estudios
de Hobsbawm en Trabajadores. Estudios de la clase obrera3.
La discusión era rica y veloz. Estaban fascinados con la figura
de Thomas Paine; la discusión sobre la aristocracia obrera
inglesa les parecía de actualidad para la Argentina; y las
tradiciones de los obreros ingleses les sugerían una inmensa
cantidad de cosas sobre si mismos y sobre cómo activar en la
fábrica. No me voy a olvidar jamás cuando uno me dijo
que la suya también era “una sombría fábrica
infernal como dice el inglés este”. Lo que para
mí era una obra académica, para ellos era algo que interpelaba
su vida, que disparaba su imaginación, y sobre todo que era
“para ellos”.
Años más tarde, hace escasos meses, el Centro de Estudios
de Investigaciones Políticas (CEIP) “León Trotsky”
–uno de los principales centros de investigación de la
izquierda argentina– decidió recopilar los textos de
Trotsky sobre la Segunda Guerra Mundial. La encargada de hacer el
ensayo interpretativo introductorio se había basado en la Historia
del Siglo XX de Hobsbawm. Una vez más me habían
invitado a participar, como historiador no trotskista, de la discusión
de este ensayo. A poco de empezar, como buenos trotskistas, se habían
ensartado en una discusión más política que histórica,
donde varios de ellos criticaban a EJH por “reformista”
y “stalinista”. De repente una historiadora del CEIP,
una trotskista conocida, indignada por lo que decían sus compañeros
puso fin a la discusión diciendo: “¡Che, pero es
Hobsbawm!”. Estaba muy claro que, aun en este ámbito,
Hobsbawm trascendía las rencillas y los dogmatismos de la izquierda.
Una vez más me pareció ilustrativo del significado profundo
de la obra de este historiador militante.
En ambos casos lo que me quedaba en claro era que se podía
ser un historiador comprometido y serio al mismo tiempo. Ser de izquierda
y estar con los trabajadores no era tener un discurso “marxistoide”,
sino que era una práctica intelectual que se dirigía
hacia el común de la gente, que interpelaba la vida cotidiana
de los trabajadores. Esto fue lo que sentí cuando, de joven,
leía los libros de Eric Hobsbawm. Aquí había
otra forma de hacer historia; de hacer buena historia. Por
que no se trata sólo de hacer populismo y hablar en fácil,
sino más bien de expresar cuestiones complejas en una forma
que un obrero educado pueda leer, sentirse reflejado, aprender de
las experiencias y que le sirva para repensar su propia realidad.
Esto implica que hay que saber mucha historia, que hay que manejar
teoría, que hay que conocer métodos, para después
hacerlos accesibles y traducirlos en un estudio comprensible a cualquiera.
La historia que hace Hobsbawm es eso. Un trabajo logrado que combina
lo mejor de los estudios históricos con la experiencia y las
inquietudes de un conjunto social determinado, ya sea que se trate
de las tradiciones artesanales del siglo XVIII, del imperialismo o
de la guerra de Vietnam.
A partir de lo anterior me gustaría plantearles mi propia visión
de la obra de Hobsbawm en varios niveles distintos. Primero de todo
quiero retomar un aspecto casi olvidado por la academia el día
de hoy: el tema del lector y del lenguaje. Muchos colegas (yo también)
tendemos a escribir e investigar para la profesión y no para
la sociedad en general. Cuando imaginamos un lector de nuestros trabajos,
en general pensamos en otros historiadores, en reuniones académicas
y en nuestros estudiantes. El resultado tiende a ser una prosa árida,
y muchas veces obscura que hace referencia a las discusiones profesionales,
o a debates teóricos que rara vez logran trascender al conjunto
social. Al decir de Hobsbawm: “La tendencia, durante mi vida,
ha sido que la actividad intelectual ha estado cada vez más
concentrada en las universidades y se ha tornado cada vez más
esotérica, de manera que consiste en profesores que le hablan
a otros profesores mientras son apenas escuchados por estudiantes
que tienen que reproducir sus ideas u otras similares para poder aprobar
exámenes establecidos por los profesores”4.
Esto, que muchas veces es tomado por seriedad y excelencia académica,
no siempre fue así. Para citar una obra proveniente de una
tradición no sólo distinta sino opuesta a la marxista,
yo recuerdo haber leído El Mediterráneo en época
de Felipe II, de Fernand Braudel, y pensar que efectivamente
era fascinante estudiar el precio del trigo en Dalmacia; hasta que
me acordé que eso a mí no me interesaba en lo más
mínimo. En Captain Swing, Hobsbawm señala que
la obra de los Hammonds era ahora superada por la propia, escrita
con George Rudé, en todo aspecto excepto en uno: “ellos
continuarán siendo leídos con placer cuando nosotros
sólo seamos consultados para proveer notas al pie”5.
El cumplido no es poco, sobre todo cuando nos damos cuenta que Captain
Swing también puede ser leído con placer.
Lo anterior debería llamarnos a la reflexión. Toda la
obra de Hobsbawm se destaca en su manejo del lenguaje y su accesibilidad
para expresar ideas y conceptos sumamente complejos. Su historia es
apasionada, vibrante y emocionante. O para decirlo de otra forma:
no te deja indiferente. Lo que se oculta bajo un lenguaje claro y
casi poético, es un manejo teórico, un conocimiento
de la historia y un bagaje cultural envidiable. Y también lo
que se oculta es que el papel del historiador fue, durante muchísimos
años, disputar el corazón y la mente de la sociedad.
Como ejemplo valga una frase. Escribió Hobsbawm para explicar
el desarrollo del capitalismo en el siglo XVII: “Existirá
entonces para todas la formas de empresa capitalista, una marcada
tendencia a ajustarse a vivir entre lo que Marx llamó los poros
de la sociedad pre capitalista. El capital no creará entonces
un modo de producción capitalista, y ciertamente tampoco producirá
una revolución industrial, aunque contribuya sin duda a desintegrar
los modos de producción pre capitalistas.6”
El concepto queda clarísimo en un lenguaje llano y accesible.
Pero, al mismo tiempo, encierra un manejo de la teoría marxista
y de la historia para nada desdeñable.
Lo anterior implica que esta historia parte desde una perspectiva
distinta a la que está de moda en la academia actual y que
se conecta directamente con los sentimientos y las visiones de sectores
muy amplios de la sociedad. Un ejemplo puntual de esto lo encontramos
en Ecos de la Marsellesa. Allí Hobsbawm discute con
aquellos colegas que cuestionan la existencia de fenómenos
como la revolución industrial y la revolución francesa
puesto que “ninguna gran reconstrucción social, que permanentemente
beneficie ninguna clase de la comunidad, sucede a causa de una revolución”.
Su respuesta es lapidaria: “Después de todo, como dijo
el gran crítico literario danés, Georg Brandes, a propósito
del apasionado ataque de Hippolyte Taine a la Revolución en
sus Orígenes de Francia Contemporánea, ¿cuál
es el punto de predicar un sermón contra un terremoto?”
Pensemos que no está intentando descartar los avances en los
estudios históricos, sino más bien de tomarlos en cuenta
sin descartar el contexto y la percepción de la época.
Asimismo, pensemos en cómo, con una corta y clarísima
frase, logra sintetizar un argumento y expresar un bagaje cultural
envidiable.
Esto nos lleva a mi segunda reflexión que es sobre el aporte
teórico de Hobsbawm. El historiador inglés ha sido,
en general, considerado por sus aportes a los estudios históricos,
sin embargo su contribución al materialismo histórico
no es para nada menor. Lo que subyace a la obra de Hobsbawm es una
visión por la cual el marxismo es una filosofía abierta,
en permanente construcción. Esto lo aleja tanto de los dogmas
de la izquierda tradicional como de la caricaturización que
la derecha posmoderna ha hecho del marxismo. Creo que Hobsbawm compartiría
la expresión de ese otro gran historiador marxista inglés
E. P. Thompson cuando señaló que: "Lo importante
aquí está en que Marx está de nuestro lado, y
no nosotros del lado de Marx. Su voz tiene una fuerza que jamás
podrá ser silenciada, pero nunca ha sido la única voz,
y su discurso no tiene un alcance ilimitado.8"
En este sentido, el buen historiador marxista abreva en el conjunto
del desarrollo del conocimiento humano, sin limitarse por los dogmas
ideológicos, en un diálogo permanente con los contrarios
y con la sociedad en general. Más aun, si combinamos esta percepción
con lo que señalamos más arriba en torno al lector,
veremos que para historiadores como Hobsbawm existe una riquísima
interacción entre teoría marxista, historia y sociedad.
Como señaló Hobsbawm hace ya casi treinta años:
“Idealmente los marxistas no deberían aislarse a menos
que los obliguen, y tendrían que tratar de irrumpir en el universo
común de discurso [...] Si existe un público que espera
que se le hable en la jerga marxista [...] esto incentiva a escribir
acríticamente y en jerigonza. Uno puede hacer cualquier cosa
si escribe sólo para un público cautivo que espera que
le digas la verdad [...] Es mucho mejor exponerse a la crítica
de los contrarios”9. Esto
significa que el marxismo de Hobsbawm disputa fuertemente ese “universo
común de discurso” y para lograr esto ha debido combinar
un profundo manejo teórico, con relevancia en sus planteos,
con una accesibilidad de lenguaje.
En mi desarrollo personal como historiador social esto ha sido fundamental.
Así recuerdo el impacto que recibí al leer su “Introducción”
a las Formaciones Económicas Precapitalistas de Marx.10
Allí Hobsbawm señalaba que “no hay nada en Marx
que nos autorice a buscar cierta ‘ley general’ de desarrollo
que pueda explicar su tendencia a evolucionar hacia el capitalismo”.
Así, define los distintos modos de producción como “etapas
analíticas... no cronológicas” y no como “estadios
históricos sucesivos”. De hecho, al considerar que estas
etapas pueden coexistir lo que emerge, como teoría de la historia,
es que existieron varios caminos alternativos de desarrollo histórico
por lo que una de nuestras tareas era explicar por qué sólo
uno había prosperado. Esto se alejaba muchísimo de la
visión derivada del Manifiesto Comunista por la cual
la historia era un progreso ininterrumpido, lineal y predeterminado
hacia el socialismo para ubicarla firmemente, una vez más,
en el terreno de la acción humana. En esto no sólo se
diferenciaba del neopositivismo de aquellos historiadores influenciados
por el stalinismo, sino también de los seguidores antimarxistas
de Braudel y la “larga duración”.
Esta flexibilidad, o “plasticidad” en la visión
histórica queda aun más clara si retomamos algunos de
los conceptos esbozados en Captain Swing. Allí la
sociedad rural contiene conflictos y contradicciones, alejándose
de la visión idealizada de una comunidad solidaria, cohesionada
y casi impermeable al mundo exterior. Así, la explicación
del gran levantamiento agrario inglés de 1830 combina la condición
objetiva de las aldeas inglesas con los efectos de la agitación
política a nivel nacional y con lo que define como “el
doble estímulo de las revoluciones francesa y belga”.
Lo que emerge es una complejidad en la teoría histórica
que retoma la multicausalidad de Marx para responder la vieja pregunta
de ¿cuándo y por qué se rebelan los seres humanos?
En esta multicausalidad, Hobsbawm plantea una temática que
estaba siendo desarrollada por los historiadores marxistas ingleses:
el de las tradiciones y las costumbres que, siendo en apariencia conservadoras,
pueden en ciertos momentos históricos convertirse en la base
de agitación social. Esto es lo que le permite revalorar movimientos
generalmente considerados como primitivos, tal como hizo en Rebeldes
Primitivos y en Bandidos.
Todo lo anterior debería ser más que suficiente para
comprender por qué Hobsbawm no ha sido traducido al ruso en
época de la Unión Soviética y también
por qué su influencia ha perdurado durante décadas.
Pero ambos aspectos, antidogmatismo y renovación teórica,
sólo pueden ser comprendidos plenamente si entendemos que la
historia de Hobsbawm es una historia militante y comunista. Si bien
ésta no es la moda actual –dado el rechazo hegemónico
a toda actividad que abone a la revolución socialista–
es imposible valorar la obra y el impacto de Hobsbawm y los historiadores
marxistas ingleses sin tomarlo en cuenta. Su papel como historiadores
e intelectuales, su pasión, su articulación con la sociedad
en general, la relevancia de sus temas, su trascendencia, y su visión
particular del marxismo sólo pueden ser explicados si comprendemos
que veían su labor como un aporte concreto a la revolución
socialista mundial. Esto debería quedar claro si consideramos
una de las obras señeras de la historia social: Rebeldes
Primitivos. En particular este estudio de Hobsbawm tuvo un singular
impacto en los estudios de historia social del Tercer Mundo y, sobre
todo, de América Latina, puesto que revalorizó lo que
hasta ese entonces se había considerado simplemente como elementos
atávicos precapitalistas. Cuando el historiador inglés
explicó la génesis de esta obra expresó: “Rebeldes
Primitivos surgió del Vigésimo Congreso [del
Partido Comunista de la URSS] en el ’56 y la destalinización.
Queda claro que en la época en que escribí Rebeldes
Primitivos estaba tratando de repensar las bases de la actividad revolucionaria,
en vez de aceptar acríticamente lo que muchos militantes comunistas
habían aceptado en el pasado. Uno puede leer Rebeldes Primitivos
como un intento por ver si teníamos razón en creer en
un partido fuertemente organizado. La respuesta es si. ¿Teníamos
razón en creer que había un solo camino, una vía
que llevaba hacia delante y todo lo otro podía ser dejado de
lado? La respuesta es no. Había todo tipo de otras cosas que
estaban ocurriendo y que nosotros deberíamos haber notado.
Estos son los temas de los cuales surgió Rebeldes Primitivos”11.
Que esta obra tuvo un impacto muchísimo mayor lo revela el
hecho que varios de los movimientos revolucionarios latinoamericanos
de las décadas de 1960 y 1970 se basaron en Rebeldes Primitivos
para rescatar tanto las tradiciones de lucha campesina en sus respectivos
países como para ampliar los sectores sociales que consideraron
como sujetos de la revolución. En esto puedo dar un ejemplo
puntual de mi propia experiencia. El Ejército Revolucionario
del Pueblo, uno los principales grupos guerrilleros argentinos entre
1966 y 1976 –además de que varios de sus militantes habían
leído obras como La Era de la revolución y Revolucionarios–
reivindicó el bandolerismo social al que veía como antecedente
de la guerrilla y amplió su caracterización del sujeto
social revolucionario argentino para incorporar a lo que denominó
“los pobres del campo y de la ciudad”; claramente unos
“rebeldes primitivos”. Fue en Rebeldes primitivos
y en Bandidos que estos militantes encontraron el sustento
histórico de su caracterización.
Esta abierta politización es muy distinta a la postura objetivista,
tan de moda en la actualidad, que encubre una politización
de derecha. En particular porque la politización en la historia
de Hobsbawm enriquece su historiografía a partir de una participación
activa y positiva. Como señaló hace ya muchos años
“el convertirse en revolucionario [...] implica también
alguna esperanza. [...] No hacíamos más que optar por
un futuro, en lugar de resignarnos a no tener ningún futuro,
y eso significaba la revolución.12”
Esto le permite, desde su profesión de intelectual comprometido,
criticar con autoridad por igual al stalinismo (“esa hipertrofia
del estado dictatorial burocratizado”) y a Hannah Arendt (“cierto
matiz metafísico y normativo de su pensamiento que se compagina
bien con un idealismo filosófico anticuado y a veces plenamente
explícito”).13 Y también
le permite utilizar la historia social para estudiar y analizar fenómenos
relevantes de la época como el tema de la guerrilla. Esto último
es sumamente interesante puesto que Hobsbawm analiza tempranamente
la Guerra de Vietnam llegando a conclusiones que se comprobarían
acertadas en la década siguiente.14
En sus últimas obras Hobsbawm acusa el impacto de la caída
de la Unión Soviética y en eso se distancia de su trayectoria
anterior. Tanto la Historia del Siglo XX como su autobiografía
distan mucho de la calidad y profundidad de sus obras anteriores.
Antes de entrar en una breve crítica quiero dejar en claro
que, en mi opinión, lo peor de Hobsbawm sigue siendo muy bueno.
Sin embargo, al considerar una trayectoria debemos también
poder comparar los distintos momentos de ésta. Así,
Años interesantes, una vida en el siglo XX, su autobiografía,
parece tres libros distintos. Por un lado está la juventud
de Hobsbawm. Esta parte es apasionada, humana y sobre todo profunda
y sugerente para el historiador social. En la misma se presentan múltiples
causas que explican no sólo su propia trayectoria sino el surgimiento
de toda una generación de intelectuales comprometidos con la
revolución social. Quizás lo más interesante
es cómo, en esta parte, emerge una imagen rica y compleja de
los motivos para la politización de un intelectual. Estos combinan
características personales, con experiencia de vida, con la
coyuntura histórica y, en este caso, con la fuerza ideológica
explicativa del marxismo.
En cambio la segunda parte, donde lidia con su militancia comunista,
si bien es interesante, tiende más a tomar distancia de su
militancia sin explicar cuál fue su proceso interior, cómo
eso incidió en su historiografía, o inclusive cómo
esto se articuló con su labor de intelectual. Por ejemplo,
el Vigésimo Congreso del PCUS comenzó el proceso de
destalinización en el movimiento comunista internacional. Un
resultado del mismo fue que Hobsbawm fue el único de los historiadores
marxistas ingleses que quedó dentro del Partido Comunista de
Gran Bretaña. Esto debió haber sido una decisión
durísima que incluyó la ruptura de amistades con compañeros
de décadas. Al mismo tiempo, esta decisión debe haber
tenido algún impacto sobre su labor de intelectual. Sin embargo,
el agudo historiador dice muy poco al respecto. Claramente, lo que
emerge en obras posteriores a la ruptura, como Revolucionarios,
es que Hobsbawm en el PCGB retuvo una pasión y una dignidad
como intelectual militante que merecen el respeto de cualquiera, aún
de aquellos marxistas que no compartieron su decisión o que
aún hoy no comparten su visión del PC como un partido
revolucionario. Pero esto no quita que el vacío sea flagrante
y que lleve a una decepción. Más aun, la autobiografía
contrasta con la entrevista realizada por Thane y Lunbeck citada más
arriba. En la entrevista se muestra comprensivo y hasta se puede entender
que reivindica a la nueva izquierda de la década de 1960 y
la guerrilla latinoamericana. Pero en la autobiografía tilda
a la nueva izquierda de ser “insignificante”15
olvidando que ese movimiento fue crítico para el triunfo de
la revolución vietnamita, como él mismo señaló
en 1965. Asimismo, el autor de Rebeldes Primitivos, obra
que revela una profunda y fina comprensión de la Violencia
colombiana y de la guerrilla campesina del valle de La Convención
y Lares en Perú, acusa a los revolucionarios latinoamericanos
de la década de 1960 de tener “absurdos sueños
guerrilleros de inspiración cubana” [...] “en una
época en que el sueño suicida del Che [...] seguía
estando muy vivo”16. Inclusive llega al
punto de plantear que no podía menos que pensar que Sendero
Luminoso (“el invento de un profesor maoísta marginal”)
merecía ser aplastado por el gobierno represor de Alberto Fujimori.17
Debería quedar claro que nadie espera que Hobsbawm piense lo
mismo en 1965 que en 2000, ni tampoco que simpatice con Sendero. Sin
embargo, sus afirmaciones y posturas políticas en la autobiografía
representan un quiebre con el cuidadoso análisis crítico
que él mismo hizo de las insurrecciones comunistas de la década
de 1920.18
La tercera parte de la autobiografía es quizás la más
decepcionante. Al decir de Perry Anderson, ésta es un recorrido
convencional en torno a su desempeño profesional, haciendo
énfasis en las relaciones y los conocidos “importantes”.19
Inclusive, Anderson señala correctamente que en esta parte
Hobsbawm muestra una deferencia hacia Fernand Braudel y los Annales
(“el imperio académico de Braudel”, dice Hobsbawm
en la página 303) que refleja poco de la realidad de su medio
siglo como historiador. Tanto la influencia como la originalidad de
los aportes de Hobsbawm son tan grandes, o quizás aun mayores,
que los de Braudel como debería quedar claro si revisamos sus
ensayos historiográficos recopilados en el libro Sobre
la historia.20 Inclusive en esta parte de
su autobiografía sorprenden las distancias con la primera.
En aquella demostraba una finísima compresión del mundo
de los intelectuales marxistas, y en especial de los marxistas ingleses.
En cambio, como una vez más señala Perry Anderson, más
adelante califica al gran historiador inglés Raphael Samuel
como “una figura vagabunda”21 mientras
acusa a E. P. Thompson de “perder el tiempo con una ‘criminal’
diversión de energías en disputas teóricas en
vez de en investigación empírica”22.
Por último, llaman la atención algunos juicios históricos
que son, por lo menos, apresurados como cuando señala que “el
índice verdaderamente significativo de la historia de la segunda
mitad del siglo XX no es la ideología ni el movimiento estudiantil,
sino el auge de los pantalones vaqueros”23.
O cuando señala que “resulta sorprendente la poca influencia
que [la Guerra Fría] ejerció en el ámbito de
la historiografía”24.
Por su parte la Historia del siglo XX es la contrapartida de la autobiografía
en obra histórica. Por un lado mantiene el oficio, la erudición,
y la accesibilidad de lenguaje de sus obras anteriores. De hecho,
esta obra inteligente tiene una gran virtud: la de regresar a los
historiadores a la discusión del tiempo histórico versus
el tiempo cronológico. Así el gran siglo “corto”,
que comienza con la Primera Guerra Mundial y la Revolución
Rusa y termina con el colapso de la Unión Soviética,
retoma una discusión importantísima en torno a cómo
periodizamos la historia. Al mismo tiempo, no puedo más que
pensar que Hobsbawm retiene elementos del militante comunista que
lo marcó durante décadas. Al fin y al cabo, ¿por
qué pensar que la Revolución Rusa es el primer evento
de un corto siglo XX y no el último de un largo siglo XIX que
comienza con la Revolución francesa? Yo comparto la visión
de Hobsbawm, pero no puedo ignorar que la Revolución Rusa fue
la última de las revoluciones insurreccionales y opino que
su característica central, lo que la hace parte del siglo XX,
reside en su carácter bolchevique y socialista. Sin embargo,
y a pesar de ese casi escondido tributo a la importancia histórica
del leninismo, Hobsbawm no puede menos que acusar el golpe de la caída
de la URSS. En un destello de la frustración de sus esperanzas
no puede más que decir que “una de las ironías
que nos depara este extraño siglo es que el resultado más
perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar
con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado
a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al
proporcionarle el incentivo para reformarse desde adentro [...]”25
Por otro lado, y a diferencia de sus obras anteriores, como La
era de las revoluciones, esta última parece ignorar la
riquísima historiografía y los debates en torno a cuestiones
como el fascismo, la Guerra Fría o lo que él denomina
“el final del socialismo”. Por ejemplo, señala
que el apoyo de masas del fascismo se debió “a una masa
de ciudadanos desencantados y descontentos que no supieran en quién
confiar” y “el fascismo no habría alcanzado un
puesto relevante en la historia universal de no haberse producido
la Gran Depresión.26” En el primer
caso parece ignorar desde los debates inspirados por Gramsci y Trotsky
hasta los estudios históricos de Tim Mason, Adrian Lyttleton
e Ian Kershaw (si bien hay una pasajera cita a este último
historiador de moda). En el segundo parece descartar totalmente la
finura de sus análisis, por ejemplo, sobre la revolución
francesa o sobre el nacionalismo de Boulager. ¿Si la Gran Depresión
es lo principal que le dio al fascismo la razón de ser en la
historia mundial, cómo explicamos que este movimiento no tuviera
relevancia en dos de los grandes países capitalistas de la
época: Estados Unidos y Gran Bretaña? No es mi intención
minimizar la Historia del siglo XX. Por el contrario, creo
que es una gran obra de síntesis y que plantea algunas cosas
muy importantes. Pero también creo que es una obra que marca
distancias con el conjunto de la historiografía de Hobsbawm
y que adolece de las presiones y contradicciones que siente todo historiador
marxista ante el derrumbe de las esperanzas de una vida. Si bien esta
sigue siendo una obra de un gran historiador, prefiero al Hobsbawm
de las décadas anteriores, aquel que inspiró a generaciones
enteras a involucrarse en una “historia militante”.
Para concluir quiero cerrar con una cita del propio Hobsbawm que,
creo, sintetiza su perspectiva, su aporte y sobre todo su obra como
inspiración de historiadores. En la entrevista realizada por
Thane y Lunbeck, Hobsbawm explicaba:
“Lo que ha estado ocurriendo desde principios de la década
de 1950 ha sido, en cierta forma, mucho más revolucionario
que lo que ocurrió en los comienzos de la industrialización
en cuanto a que la penetración del capitalismo es más
global y más profunda, y que ha transformado la estructura
social preexistente mucho más de lo que fue capaz de hacer
hace cien años. En consecuencia, decir que sigue siendo el
mismo capitalismo –o sea, que lo que se dijo hace cien años
sigue siendo verdad– no es suficiente. Una sociedad como la
nuestra en la cual el campesinado está, de hecho, desapareciendo
es muy diferente de una sociedad de hace cien años en la cual
el campesinado no solo no estaba desapareciendo sino que sorprendentemente
se lograba mantener mientras era integrado al capitalismo. Ahora,
todas estas cosas requieren de perspectiva histórica que es
esencialmente la capacidad de ver cómo una sociedad cambia
y cuándo las cosas son distintas y cuándo son iguales.
Esta es una de las principales razones, una razón práctica,
del por qué uno debe ser marxista. Es la forma de hacerse ese
tipo de preguntas.27”
Notas:
1. Eric Hobsbawm. Rebeldes primitivos. Barcelona: Ariel Quincenal,
1968. 
2. Eric Hobsbawm. La era de la revolución. Buenos
Aires: Editorial Crítica, 1999 (primera edición 1962).
3. Eric Hobsbawm. Trabajadores. Estudios sobre la clase obrera.
Barcelona: Editorial Crítica, 1979. 
4. Pat Thane and Elizabeth Lunbeck, “Interview with Eric Hobsbawm”.
MARHO. Visions of History. New York: Pantheon Books, 1976.
P. 31. 
5. Eric Hobsbawm and George Rudé. Captain Swing. New
York: Pantheon Books, 1968, p. 14. 
6. Eric Hobsbawm. En torno a los orígenes de la revolución
industrial. México: Siglo XXI, 1971. p. 78 
7. Eric Hobsbawm. Echoes of the Marsellaise. London: Verso
Books, 1990. Pp. xiii, xv. 
8. E.P. Thompson. Miseria de la teoría. Barcelona:
Crítica, 1981. P. 294. 
9. Thane y Lunbeck, op. cit., 40. 
10. Karl Marx y Eric Hobsbawm. Formaciones económicas precapitalistas.
Buenos Aires: Cuadernos de Pasado y Presente 20, 1971. “Introducción”,
pp. 5 a 47. 
11. Thane and Lunbeck, op. cit., p. 33. 
12. Eric Hobsbawm. “Los intelectuales y la lucha de clases”.
Eric Hobsbawm. Revolucionarios. Barcelona: Editorial Ariel,
1978. Págs. 351 y 355. 
13. Hobsbawm. Revolucionarios, op. cit., 125, 285. 
14. Véase Eric Hobsbawm. “Vietnam y la dinámica
de la guerra de guerrillas”. En Revolucionarios, op.
,cit. Este artículo se publicó originalmente en 1965
antes de la invasión norteamericana a Vietnam del Sur. 
15. Eric Hobsbawm. Años interesantes, una vida en el siglo
XX. Barcelona: Editorial Crítica, 2002; p. 199. 
16. Años interesantes, op. cit.; 345. 
17. Años interesantes, op. cit.; 346-347. Allí
plantea que era “una causa que no merecía triunfar”.
18. Véase por ejemplo: Eric Hobsbawm, “Confrontación
con la derrota: el partido Comunista Alemán”. En Revolucionarios,
op. cit. 
19. Perry Anderson. “The Age of EJH”. London Review
of Books, vol. 24, num. 19, 3 October 2002; p. 7. 
20. Eric Hobsbawm. Sobre la historia. Barcelona: Editorial
Crítica, 2002. 
21. Años interesantes, op. cit.; 200. 
22. Anderson, op. cit, 6. Hace referencia a Años
interesantes, op. cit., 202. 
23. Años interesantes, op. cit.; 244. 
24. Ibid., 268. 
25. Eric Hobsbawm. Historia del Siglo XX. Buenos Aires: Editorial
Crítica, 1998; p. 17. 
26. Ibid., 133 y 136. 
27. Thane and Lunbeck, op. cit., 43.
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