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Antecedentes
de la novela latinoamericana
Extracto tomado del prólogo
al libro Los nuestros (Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
8ª edición, 1978), del escritor y profesor de letras argentino-chileno
Luis Harss.
Hemos añadido el título y los subtítulos
a fin de facilitar la lectura.
Había hace unos años una admirable tradición
en alguna parte de Latinoamérica -¿sería Guatemala?-
según la cual los poetas, los favoritos de las Musas, viajaban
gratis en los ómnibus. Parece que no estaban incluidos en este
lírico privilegio los novelistas, que se compraban un boleto
o se quedaban a pie. Había indudablemente una injusticia en
esta situación, pero por otra parte reflejaba una realidad
de la literatura latinoamericana. Nuestra poesía andaba sobre
ruedas cuando nuestra novela era todavía tristemente pedestre.
Nuestros primeros hombres de letras, generalmente aristócratas
de alma si no de hecho, fueron poetas. Pertenecían a esa estratosfera
cultivada de nuestra sociedad que concebía el arte menos como
necesidad vital que como un ornamento del ocio. Sus normas, importadas
de academias europeas aficionadas al culto de la Belleza abstracta,
eran el refinamiento y la sensibilidad. Sus idiomas eran el latín,
el castellano y el portugués clásico. Era la época
del arte de salón, brillante a veces, pero poco arriesgado,
porque no se jugaba en él nada esencial. El concepto de vocación
artística como una forma de compromiso absoluto del hombre
entero prácticamente no existía. No había nada
ni en la tradición española ni en la portuguesa que
lo fomentara. Y tal vez la novela, en el sentido moderno de la palabra,
no puede prosperar sin ese concepto. Lo que posiblemente podría
explicar por qué el género nunca ha florecido en España,
donde la pasión del compromiso se ha agotado en vocaciones
muy distintas. Es que la novela, como la fe, tiene algo de martirologio.
Es un género monomaníaco que sólo puede vivir
peligrosamente. El que se lanza por sus caminos, como el cruzado,
acomete contra el mundo. Va hacia una confrontación que está
más allá de las categorías estéticas o
intelectuales. Se tira de cabeza, con todo lo que tiene, a la quiebra
o la salvación. La novela es egocéntrica. Se entrega,
para poseerse. En esto difiere de la epopeya, por ejemplo, que se
vuelca en última instancia hacia una realidad exterior. Está
también a una distancia absoluta de la pura plástica,
característica del arte de élite, que se preocupa sólo
por la flor y nata de las cosas. Es un arte privado, no público.
Y la tierra del Cantar del Mio Cid y de las producciones
en masa de Lope de Vega no se ha inclinado nunca particularmente hacia
los vértigos de la introspección.
Es cierto que las formas premonitorias de la novela -si consideramos
las viejas crónicas y las robustas aventuras de esa famosa
alcahueta medieval, La Celestina- se dieron frondosamente
en España a partir del siglo XV. El caballeresco Amadís
de Gaula data de 1508. Cundieron por esos tiempos las novelas
pastoriles, y tuvo su auge la picaresca. Cervantes, que en cierto
modo resumió, y superó, todas las formas anteriores
del género, acumuló romances y cuadros bucólicos
en sus Novelas ejemplares, y combinó felizmente la
novela de caballería con la sátira y la farsa picaresca
en el Quijote. Pero con él prácticamente termina
la historia de la novela española. Cervantes fue el primer
español en tomar la ruta interior que lleva a las verdaderas
fuentes de la novela. Fue también casi el último. El
género ya agonizaba, cuando Quevedo escribió El
buscón. El siglo XVII -época de Calderón,
del último Góngora- fue un siglo de poetas. El XVIII
-el siglo del boudoir- fue un vacío completo. En el
XIX levantaron otra vez algún vuelo los poetas. Faltaba el
fundamento, la infraestructura cultural que la novela necesita para
funcionar. España tuvo su Balzac en Benito Pérez Galdós,
así como Portugal tuvo el suyo en Eça de Queiroz. Pero
después no pasó nada más. Los narradores de la
generación del 98, supuestamente dedicados a la renovación,
lograron poca tracción introspectiva. En el siglo XX, en España
como en Portugal, el "sentimiento trágico de la vida"
que en otras partes ha alimentado las fraguas de los novelistas, ha
sido propiedad casi exclusiva de los poetas y de los filósofos.
No tiene nada de sorprendente, por lo tanto, que los poetas hayan
sido desde el comienzo los que llevaron la delantera en Latinoamérica.
Fue la poesía la que revolucionó nuestra literatura
hacia el año 1900, cuando Rubén Darío importó
las últimas modas francesas y empezaron a brotar en todo el
continente los Lugones, los Vallejo, los Huidobro. Los poetas -Octavio
Paz, Pablo Neruda- nos representan hoy tal vez mejor que nunca. Típico
es el caso del Brasil, cuya novela moderna comienza en las décadas
del veinte y del treinta, época de gran auge estético
-y estetizante- bajo la tutela de Monteiro Lobato, Mario de Andrade
y un folklorista místico llamado Jorge de Lima, todos principalmente
poetas. También lo es el angustiado trovador del Sentimento
do mundo, Carlos Drummond de Andrade. Y para completar la lista,
podríamos agregar el nombre del escritor más notable
del siglo en lengua portuguesa, un poeta-novelista llamado Guimarães
Rosa.
La novela, la cenicienta de nuestra literatura, nació humildemente
en la segunda década del siglo pasado, en México, de
la pluma acerba de Joaquín Fernández de Lizardi, que
resucitó la tradición picaresca combinando la sátira
y la sentencia en su folletín, El periquillo sarmiento.
El fo¬lletín, medio escatológico, medio didáctico,
y a veces ferozmente plebeyo, fue una concesión saludable que
hizo nuestra literatura a las exigencias de la vida cotidiana, y de
paso al vulgarismo idiomático, marcando así decisivamente
desde el comienzo el carácter de la novela, que iba a lucirse
-y también estancarse- más tarde en su a veces frustrada
pero siempre sincera devoción por las causas sociales. Entretanto,
hacia mediados de siglo, entró la marea romántica. La
mímica infantil hizo que la novela recién nacida imitara
vanamente a los modelos de ultramar. En general los resultados fueron
poco memorables, pero se compensaron en parte las pérdidas
con una ganancia: la llegada a nuestros confines de formas extrahispánicas
que ampliaron la gama literaria. Codeándose con las golondrinas
de Bécquer, que hasta hoy no abandonan sus nidos, hubo una
moda de Chateaubriand, Lamartine, Goethe, Sir Walter Scott, Fenimore
Cooper, George Sand, Dumas. Algo dudosa pero múltiple fue la
progenie que dejó el tráfico con estos modelos. Aparecieron
por todas partes los Werther y los Atala. Una joya
en el género fue la lacrimógena María
de Jorge Isaacs. En el Brasil, la casta estirpe de las heroínas
románticas produjo la Moreninha de Manuel de Macedo, una fuente
de inagotables seducciones para las jóvenes de la época.
Entre las pocas obras que sobrevivieron impunemente a la crisis romántica,
preponderaban las de carácter histórico. Podrían
nombrarse tal vez las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma,
y siempre dentro del espectro de la prosa, aunque no de la ficción,
los nítidos Recuerdos de provincia y el elegante y
meditado Facundo de Sarmiento. La novela tuvo su momento
en la turbulenta y exaltada Amalia de Mármol, que
pertenece en parte a la literatura panfletaria, como el truculento
Martín Rivas de Blest-Gana. De esta época de
gloriosas nostalgias datan también las epopeyas pseudoindígenas
que se inspiran en el ideal primitivista de Rousseau. Como por consenso
general aparecieron La cautiva de Esteban Echeverría,
Tabaré de José Zorrilla de San Martín,
y O guaraní de José de Alençar. Cuando
el tema, ya muy disminuido, llegó a la novela, naufragó
en manos de Juan León Mera, en Cumandá.
Que el arte de la narrativa seguía siendo un fenómeno
bastante exótico en la cultura latinoamericana lo prueba el
hecho de que de toda la prosa del siglo lo que mejor perdura hoy por
su fuerza inventiva son los ensayos de Sarmiento. Hasta la epopeya
gaucha, que por sus poderosas vibraciones anímicas y su aliento
dramático podría anotarse como uno de los ancestros
de la novela actual, sólo maduró en poemas como Martín
Fierro, una obra que se mueve instintivamente en una especie
de plenum psíquico. Los temas de Martín Fierro
eran legítimos, pero cuando los artificios se perpetuaron en
la novela, produjeron la subliteratura inorgánica de Eduardo
Acevedo Díaz.
A comienzos de este siglo se juntaron muchas corrientes en nuestra
novela, que navegó en el flujo de la indecisión. En
épocas de crisis moral se volvió polémica. Denunció
las dictaduras, acompañó con su dialéctica el
despertar del nacionalismo, adquirió responsabilidades cívicas,
y en medio de la anarquía y las convulsiones políticas
se lanzó a la calle a luchar por la justicia social. Fue localizando
cada vez más sus preocupaciones. Sus cambios de orientación
y enfoque no eran completamente espontáneos, ni mucho menos.
Las pautas seguían viniendo de afuera. El indianismo, el indigenismo,
el criollismo y las otras infinitas variantes de la literatura regional
tienen su origen en la tradición española. Otro potente
influjo fue el de la escuela realista francesa -Flaubert, Maupassant,
Balzac- y un poco más adelante, el del naturalismo positivista
de Zola. Apareció el escritor militante que descubrió
la guerra de clases y la explotación obrera. En México,
que en los primeros años del siglo languidecía bajo
los rigores del porfiriato, nació una agresiva literatura de
protesta con escritores como Mariano Azuela, y en Venezuela, otro
campo de batalla, esgrimió la pluma amarga el rabioso Rufino
Blanco Fombona, que no se distinguió por su arte, pero expresó
una visión común de las miserias del continente cuando
dijo:
"He descubierto siempre y en todas partes un fondo idéntico
de estupidez, maldad y dolor."
La tradición brasileña
Más trascendente desde el punto de vista estrictamente literario
fue la corriente del realismo psicológico que llegó
al Brasil con las obras de Eça de Queiroz y produjo allí
el primer gran egoísta de las letras latinoamericanas, Machado
de Assis, el de las febriles Memorias póstumas de Braz
Cubas y las Historias sem data. La América de
habla española no tuvo ningún equivalente de Machado
de Assis, y aun en el Brasil su figura parece haber sido una especie
de milagroso accidente. Su dedicación obsesiva a los monstruos
de la subjetividad tenía algo de anómalo en su época
y no se repitió por mucho tiempo. Nuestra cultura no había
puesto todavía su mirada en la pantalla interior. De relativamente
poco interés fue la sátira agradable pero superficial
de Lima Barreto en las Recordaçoes do escrivao Isaias Caminha,
y de igualmente poco relieve fue la vena reformista cultivada por
el tolstoyano argentino Manuel Gálvez, el autor de la evangélica
Nacha Regules. Sustanciosas pero discursivas fueron las obras
del chileno Eduardo Barrios: El perdido y El hermano
asno. Amanece, en cambio, el siglo con otro notable ensayista:
el docto explorador brasileño Euclides Da Cunha, que dio una
auspiciosa visión panorámica del interior de su país
en Os sertóes.
Machado de Assis, Da Cunha, anticiparon de alguna manera una literatura
de gestación más profunda, que tuvo que esperar su hora.
Más típica de su época fue una literatura que
en busca de justificación se entregó a las preocupaciones
del momento o, sintiéndose irremediablemente desarraigada,
se fugó al esteticismo. Acentuó esta última tendencia
la reencarnación del simbolismo francés en el Azul
de Rubén Darío. Allá por el año 1900,
una buena parte de nuestra literatura, acomplejada tal vez por su
propia inferioridad, se volvió esotérica. Reinó
prepotente el modernismo con sus brisas orientales, sus esplendores
mtafóricos, sus reminiscencias del barroco español.
La novela, añorando siglos de oro y paraísos perdidos,
se anacronizó vistosamente con Enrique Larreta en La gloria
de don Ramiro y con Carlos Reyles en El embrujo de Sevilla.
En el Brasil, siempre ecuménico, la militancia y el esteticismo
se integraron algo espuriamente en el Canaan de Graça
Aranha. Una variante del modernismo visitó al Brasil después
de la primera guerra mundial y se instaló en San Pablo con
la Macunaima de Mario de Andrade.
Hasta 1920, aproximadamente, no se puede hablar todavía de
una verdadera novela latinoamericana; y los años siguientes
fueron más de promesa que de éxito. El año 1919
marca una fecha importante en la literatura brasileña con la
publicación de la influyente Urupês de Monteiro
Lobato. El pintoresco retrato que traza Urupês de la
vida pueblerina, que exalta, poetizando, el dialecto local, causó
estupor en los círculos literarios del Brasil. Lo curioso es
que este vástago del esteticismo dio nuevo impulso al viviseccionismo
naturalista. Pronto se impuso, frugal en sus recursos pero prolífica,
la novela regional, con sede en el nordeste, donde asumió la
causa de los oprimidos en las plantaciones de caucho y los cañamelares.
Fue esta novela la que dominó la escena literaria en los años
treinta. Abrió la brecha en 1930 Raquel de Queiroz, que hizo
una mi¬nuciosa crónica de una de las famosas sequías
del nordeste en O quinze. Siguieron en sus huellas José
Lins do Rego, que evocó la infancia adolorida en las plantaciones
en Menino de engenho y el liróforo proletario Jorge
Amado de Cacau, Jubiabá, Mar morto,
y Terras do sem fin. En su cenit conoció esta literatura
la Angustia y las Vidas secas de Graciliano Ramos,
y en su nadir la Seara vermelha de Amado, que la redujo al
panfleto y la trivialidad.
Variantes del color local
desde México al Río de la Plata
Mientras tanto, amanecía en México, después de
la revolución, la era de los cronistas: el Mariano Azuela de
Los de abajo, el Martín Luis Guzmán de El
águila y la serpiente.
El Río de la Plata, que se debatía todavía en
el abrazo modernista -aparece por este tiempo el ultraísmo
en Buenos Aires, donde se pasean ya por los barrios Borges y Leopoldo
Marechal- comenzaba a interesarse por la lucha sindical. Sin embargo,
la novela más característica de la época fue
ese decoroso monumento al mito gauchesco, Don Segundo Sombra.
Chile, que había pasado brevemente por el creacionismo, estaba
en manos de novelistas documentales como Mariano Latorre, un sombrío
paisajista, y Edward Bello, que inmortalizó un prototipo en
El roto. En tos países indígenas -Bolivia,
Ecuador, Perú- la novela llevó sus primeros auxilios
a las minas y los páramos. El boliviano Alcides Arguedas se
dedicó al argumento y la exhortación en su perentoria
y categórica Raza de bronce. La mitología indígena
hizo su fulgurante aparición en la obra de Miguel Ángel
Asturias, que con el tiempo se fue volcando cada vez más hacia
la protesta, donde se encontró con miles de cantos a las querencias
perdidas, entre ellos el clásico Huasipungo de Jorge
Icaza. Y en La vorágine de Rivera, la selva virgen
dio su ambiente devorador a la novela del trópico. Todas estas
obras marcan una etapa en la vida de nuestra novela, fervorosa y apasionada
siempre en sus manifestaciones, pero al mismo tiempo inocentemente
autoritaria, declamatoria y hasta demagógica. Era una literatura
hecha más de vehemencias intelectuales que de jugos gástricos,
épica en su concepto, utilitaria en sus propósitos.
Un ejemplo bastante ilustrativo de lo que era el clima literario en
los años veinte y treinta es la obra de Rómulo Gallegos.
Gallegos, con su visión panorámica de la sociedad -fue
periodista, pedagogo y hombre de estado, y conoció el exilio,
la tiranía y el militarismo- representa toda una época
en nuestra literatura. La divisa de su partido, Acción Democrática,
que todavía domina la política venezolana, fue la "concordia
nacional", y el mismo espíritu que animó su vida
pública iluminó también su obra. Para Gallegos
como para sus contemporáneos, la palabra era una forma de acción
inmediata sobre los acontecimientos. Venezuela, como el resto de Latinoamérica,
estaba en un período de transición en busca de su identidad
cultural. Gallegos esgrimió su arte -certero a veces en sus
diagnósticos, aunque no siempre eficaz en el plan literario-
como un arma en la lucha común. Vio a su país como un
campo de batalla entre las tradiciones retrógradas y las fuerzas
del cambio, lo culturalmente ajeno y lo autónomo, la barbarie
y la civilización. Las alternativas que trazó eran las
de un continente, y las soluciones que propuso las de un parlamentario.
Aunque su formación era enteramente urbana, su pasión
fue totalizante. Para él Venezuela, campo y ciudad, era un
conjunto múltiple capaz de reconciliar sus diferencias, asimilar
sus distintos elementos raciales, equilibrar sus conflictos de intereses,
integrar sus selvas, llanos, minas y pantanos petrolíferos
en una unidad nacional. Sus libros, escritos generalmente a una distancia
prudencial, fueron más el producto de la investigación
que de la vivencia. Antes de componer Doña Bárbara,
por ejemplo, pasó sólo unos pocos días en la
sabana que le sirve de fondo y escenario. Sus retratos son genéricos,
sus conflictos arquetípicos, el ambiente general de su obra
abstracto y simbólico. Sin embargo, tiene una buena imaginación
pictórica que a veces capta felizmente los colores y las costumbres,
y además sabe evocar con elocuencia la vastedad de la llanura
"propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña,
tierra de horizontes abiertos" donde se pierden las fronteras.
Hay una auténtica grandeza en su oratoria cuando habla del
"impresionante silencio" y la "trágica soledad"
del llano, "donde se siente que todavía no ha terminado
el sexto día del Génesis, que aún circula...
el soplo creador".
La obra seminal de Rómulo
Gallegos
Hacer la lista de las obras de Gallegos es como dar un catálogo
completo de los credos y las cruzadas de la vida intelectual latinoamericana
en las primeras décadas del siglo. Reinaldo Solar
(1921) inaugura el tema del desarraigo espiritual, el hastío
y la neurosis de esos venezolanos europeizados que "nunca nos
hemos encontrado a gusto en la Patria". "Hacer patria"
es el grito de batalla del protagonista, que "caracteriza perfectamente
este caso nacional". Gallegos pinta con pluma fúnebre
la decadencia de la sociedad caraqueña, su podredumbre política,
su frustración artística y su vida de bohemia en la
que van a la deriva los reformadores de café, los poetas náufragos
y fanáticos revolucionarios desilusionados en una atmósfera
de bancarrota característica de una generación desgarrada
entre la nostalgia por la matriz europea y el espejismo de un eterno
El Dorado que la aguarda tierra adentro, donde se oculta el manantial.
Reinaldo, un intelectual ambicioso y descarriado, es un compendio
ambulante de todos los males del día. Se imagina una especie
de superhombre y funda una secta mística que se cree en secreta
comunión con las fuerzas telúricas. Parlotean cacofónicas
en el fondo las voces de Nietzsche, Marx, Rousseau y Darwin, una mezcolanza
indigesta -que incluye préstamos de la Resurrección
de Tolstoy y la Imitación de Cristo. Entre las peripecias
de la trama figura el peregrinaje a Europa, la metamorfosis espiritual
que se produce con el regreso al hogar, donde llama urgente la voz
de la naturaleza, la resultante crisis de conciencia y el holocausto
final que envuelve a Reinaldo cuando muere organizando un conato de
revolución en la selva.
La trepadora (1925), obra de un gran casamentero, es un llamado
a la integración racial. Pinta la ruina de las viejas familias
venezolanas de alcurnia y la renovación que traen a la sociedad
las nuevas sangres. El escenario, esta vez, es el cafetal. El héroe
es Hilarlo Guanipa, un "barbudo" bribón y bandolero,
hijo bastardo de los aristocráticos Casal, gran jinete y bebedor,
e inversionista sin par, cuya hija, simbólicamente denominada
Victoria, se casa con un primo legítimo, adquiriendo así
el nombre y el abolengo de la familia.
Hilario, uno de los personajes más simpáticos de Gallegos,
es no sólo una fuerza natural sino además un retrato
convincente del mestizo, el hombre sin prosapia que dice: "Yo
empiezo en mí mismo." La impetuosa Victoria es la trepadora
del título que se enrosca en el tronco ancestral.
Doña Bárbara (1929), generalmente considerada
la obra cumbre de Gallegos, se basa en el caso real de una "mujerona
trágica" de la llanura "devoradora de hombres",
cuya curiosa historia, producto de "la acción embrutecedora
del desierto", conoció Gallegos por medio de los periódicos.
Ilustra la confrontación arquetípica de la barbarie
-encarnada en el marimacho epónimo que simboliza el caudillaje
bajo el régimen totalitario de don Juan Vicente Gómez-
y la fuerza civilizadora del progreso, que tiene su paladín
en Santos Luzardo, un intelectual que abandona las comodidades de
la vida urbana para desarrollar una propiedad familiar en el interior.
Triunfa inevitablemente el afán mi¬sionero de Santos Luzardo
sobre las voluntades prosopopeicas.
Cantaclaro (1934), algo incoherente en su trama, pero desenvuelta
y a veces elegante era su movimiento, es "la versión llanera
del trovador clásico", un canto a la libertad que combina
la observación naturalista con la aplicación modernista
de la leyenda y el folklore. Cantaclaro es el apodo de Florentino
Quitapesares, un payador del llano, "espíritu errabundo,
naturaleza fantaseadora", desmedido amante de la libertad que
galopa con la suerte en la mano. En la llanura, donde "los versos
están en las cosas", dice Cantaclaro, "el hombre
es la medida de sí mismo". Cantaclaro es un bardo y profeta
que respira la poesía vática de su tierra.
Canaima (1935), en la digna tradición de La vorágine,
nos lleva a las plantaciones de caucho del alto Orinoco, la "Guayana
de los aventureros,... los segundones de la fortuna o del mérito:
el ambicioso, el manirroto, el tarambana... los desesperados y los
impacientes... el hombre de presa, fugitivo de la justicia o campante
por sus fueros, el Hombre Macho, semidiós de bárbaras
tierras, sin ley ni freno en el feudo de la violencia y el espectáculo
mismo de la selva antihumana, satánica..." Es la tierra
de indios salvajes y fuerzas ancestrales que devoran al civilizado
protagonista, Marcos Vargas, cuya causa, sin embargo, de acuerdo con
las convenciones del género, triunfa en su hijo. Ca¬naima
es la personificación de lo maligno y demoníaco, un
"Dios frenético... sin forma determinada... sombría
divinidad" tribal, "viejo Ahrimán redivivo en América".
Vargas, carrero de profesión, es un "aventurero de todas
las aventuras... un hombre con su suerte por el camino y ante la vida",
que lo llevará a la iluminación en las profundidades
tropicales, donde lo destruirá el "mal de la selva".
Comulga fatalmente con fuerzas primordiales, sintiéndose "libre
y solo como debe estar el hombre en la hora de su destino... hombre
cósmico, desnudo de historia, reintegrado al paso inicial al
borde del abismo creador". Un sabio local, Juan Solito, lo inicia
en misterios primitivos, y una sinuosa y amable indiecita llamada
Aymara lo ayuda a "penetrar en los abismos de la melancolía
que encierra el alma del indio". En todo lo cual, más
que el personaje, lo que predomina es la nomenclatura. La selva es
mitológica, tierra de epifanías por un lado, de caricaturas
pintorescas por el otro. Aparece, entre los prototipos del género,
el yanqui alcohólico, aquí llamado Mister Davenport,
con su teoría bufona de que la malaria es una enfermedad de
la gente perezosa.
Con Canaima termina el período creador de Gallegos.
Ha agotado sus temas pero continúa produciendo. En Pobre
Negro (1937) vuelve al problema racial, con énfasis esta
vez en la raza negra, que "lleva la culpa -que no cometió-
pintada en la piel", como lo demuestra el heroico protagonista,
Pedro Miguel Candelas, jefe de una revuelta de esclavos en el siglo
XIX, que triunfa sobre los prejuicios del medio fugándose con
su amante blanca, Luisana, hija de poderosos terratenientes. Luisana
es una chica emancipada, "en busca de la totalidad de su alma",
y en su amor, que lanza un reto a la época, triunfa otra vez
"la voluntad vital de los pueblos". Es esa misma voluntad
la que anima El forastero (1942), también sobre un
tema revolucionario, en este caso un levantamiento estudiantil de
los años treinta que le ofrece a Gallegos la oportunidad de
difundir sus teorías políticas. Ve tres etapas sucesivas
en la vida política venezolana: la tiranía del caudillaje,
la oligarquía de casta, y eventualmente en un futuro algo utópico,
la democracia constitucional. La revolución vagamente liberal
de El forastero, por prematura, está condenada al
fracaso, pero Gallegos, siempre optimista, se consuela con la idea
de que prevalecerá "el espíritu de sacrificio"
con la próxima generación, porque "con todo joven
comienza de algún modo el mundo". Lleva su proselitismo
a los yacimientos petrolíferos en Sobre la misma tierra
(1944), y finalmente a Cuba, en época de la dictadura de Machado,
con La brizna de paja en el viento (1952).
Gallegos, con su abrazo épico, su idealismo y fervor mesiánico,
su talento paisajista, su amor por el mito y el folklore, resume las
virtudes y las fallas de nuestra novela en el primer tercio del siglo.
Era una novela ingenua y retórica, fatalista o ilusionada,
según el caso, pero inocente en su visión, demasiado
ambiciosa en sus aspiraciones sociales y demasiado modesta en sus
objetivos íntimos, que a veces apenas descubría. Sus
preocupaciones eran fundamentalmente extraliterarias.
Los novelistas como Gallegos, a pesar de su envergadura, por su falta
de plomada interior, parecían sólo rozar las superficies
de las cosas. Su obra tenía fuego polémico, pero le
faltaba peso específico, fe en sí misma. Creía
en su mensaje, su utilidad, no su valor independiente como obra de
arte. Se justificaba sólo con su propósito. Sus fines
puramente artísticos, cuando existían, eran secundarios
y poco imperiosos. Si no se sentía respaldada por una causa,
se consideraba consciente o inconscientemente un lujo, y tendía
algo perversamente a la estética y el diletantismo.
Los escritores rioplatenses
Fue pronunciada esta tendencia en el Río de la Plata, la zona
más cosmopolita del continente y por lo tanto en cierto sentido
el centro del desarraigo y de la evasión. Las pasiones vicarias
de la vida limítrofe marcaron sobre todo a los contemporáneos
de Gallegos -Lugones, Güiraldes, Carlos Reyles- cuyo eterno coqueteo
con los "valores espirituales" de ultramar, un tema constante
en la obra de un Manuel Gálvez, por ejemplo, ocultaba a veces
añoranzas algo vanas por las ventajas fáciles del Viejo
Mundo, exasperadas por una incapacidad o una renuencia congénita
para aclimatarse en el Mundo Nuevo. Había algo así como
una fobia al medio, y un rechazo completo, no sólo de su presencia
física y material, sino que finalmente también de sus
circunstancias vitales. Se compensaba este malestar aristocrático
-el "mal de Europa" lo llamaba Gálvez, que lo tuvo
en forma galopante- poetizando hasta el mito la realidad. Era la época
de las "mitologías del arrabal", que siguió
cultivando tan asiduamente la generación de Borges. Borges
mismo, en su juventud, es el ejemplo clásico del esteta indigestado
por la realidad. El Buenos Aires que aparece en sus primeras obras,
a diferencia del verdadero, casi desconocido en ese entonces, cuando
no descartado tranquilamente por tedioso y baladí, es una abstracción,
un castillo en el aire. En la ciudad concreta, según el argumento
de la época, nada interesante había ocurrido todavía.
Era un lugar sin historia o tradición. Había, por lo
tanto, que inventarle un mito, idealizando el arrabal o potenciando
el pasado pampero. Pero las categorías platónicas sólo
podían acabar en una mitología puramente formal y, como
lo ha señalado Borges después, apócrifa. Un Borges,
con el tiempo, a fuerza de puro talento, podía vencer parcialmente
este dilema. Otros se quedaron embotellados. Algunos buscaron la salida
en la acción social. Pero sería probablemente un error
pensar que desde el punto de vista artístico alcanzaron un
modus vivendi más satisfactorio que el de los "formalistas".
La militancia, el verismo, más que actitudes vitales, fueron
posiciones tomadas en relación a hechos o circunstancias específicas
y no a los problemas últimos. El compromiso es en cierta forma
el polo opuesto a una literatura responsable ante el hombre entero.
Tiene algo de tan irreal como el preciosismo. El espíritu mundano
y escéptico de Anatole France, que tanta influen¬cia tuvo
por entonces en el continente, podría tomarse tal vez como
un símbolo de la época. El arte literario de los años
veinte, el esotérico tanto como el funcional, era agnóstico.
Vivía en la especulación, y murió en el sofisma.
Y sin embargo todo este tiempo circulaban corrientes subterráneas
que comenzaron a aflorar hacia el fin de la década, cuando
apareció en la escena un nuevo tipo de escritor. La verdad
es que ya desde tiempo atrás hacía sentir su presencia,
pero en forma muy discreta y casi invisible. No buscaba su imagen
en las superficies, sino en una dimensión más profunda.
Para él el arte y la vida eran una unidad indivisible. Se vivían
juntas. El primero de la estirpe fue Machado de Assis, ese maestro
de la contemplación que propuso por primera vez en nuestra
literatura que "hay un modo de sentir y de ver que da la nota
íntima del país propio, aparte de la cara externa de
las cosas".
El gesto fundacional de Horacio
Quiroga y Roberto Arlt
Lo que significan estas palabras en apariencia tan sencillas -y su
mensaje, que el tiempo se encargó de transmitir, es revolucionario
para nuestra literatura- empieza a verse, en la obra obstinadamente
individualista de Horacio Quiroga, ese uruguayo neurasténico
nacido en 1878, seis años antes que Gallegos, que conoció
en su forma más aguda toda la hipocondría de la vieja
generación, pero en vez de dejarla a flor de piel se dedicó
a convertirla en psicosis creadora. De joven, Quiroga pasó,
como todos, su tiempo en París, la Ciudad de la Luz, donde
reinaba el decadentismo, que se refleja en los desvaríos de
su primera obra publicada, un volumen de poemas que inaugura el siglo
bajo el titulo de Arrecifes de coral (1901). Hasta aquí
Quiroga no se diferencia de la montonera. Pero con su regreso a Buenos
Aires y la llegada de años difíciles se van operando
en él sutiles trasformaciones. Las causas habría que
buscarlas en fosas y subsuelos. Sin duda lo afectaron profundamente
a Quiroga todos los traumas de la época: la proliferación
urbana, los temblores sociales que sacudieron al país con la
inmigración, los comienzos del enajenamiento industrial y,
con el tiempo, las repercusiones de la guerra europea. Pero fundamentalmente
estas experiencias comunes a toda su sociedad no explican nada. En
las paredes huecas de Quiroga hay gatos encerrados. Rondan por primera
vez en los Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917).
Quiroga era un gran admirador de Poe. Hay algo frágil y morboso
en los Cuentos, en los que se refleja la imagen pálida
del poeta condenado, que podría tentarnos a colocarlos más
dentro de la psicopatología que de la literatura. Pero tienen
un doble fondo. Nos damos cuenta que no son fantasías gratuitas,
sino sótanos, o reveses, de una realidad. Su carga psíquica
revela un estado de ánimo que en cierta forma es más
indicativo del ambiente de una sociedad que un retrato exterior. Quiroga
trabaja del otro lado del espejo de la realidad. Más que la
dispepsia de la época, fue probablemente su trágica
vida personal la que hizo de él el hombre que fue. Era un accidentado
a quien persiguieron insaciablemente el fracaso y la desgracia. Hubo
una larga línea de suicidios en su familia, comenzando con
el padre, continuando con su primera mujer, un hijo, una hija, y en
1937, él mismo. Quiroga cumplió su pena hasta el fin.
Se retiró del mundo. Durante años vivió retraído
en la selva misionera, el escenario de casi toda su última
obra. Allí, en una lucha continua por la supervivencia física
y mental, fue perfeccionando un idioma en secreta afinidad con lo
oculto, lo innombrable, lo parapsicológico, lo subliminal,
todas esas zonas de la experiencia que lindan con lo metafísico,
una palabra que podemos aplicar por primera vez en nuestra literatura.
Es la palabra que describe a su mejor obra en los años treinta:
El salvaje, Anaconda, Los desterrados, El desierto, Más
allá. El último título, que data de 1935,
es una definición. Maupassant, Chejov fueron algunas de las
"influencias" que marcaron la obra de Quiroga, pero no por
adaptación consciente y directa, como fue tan a menudo el caso
de los naturalistas cuando trataron de emular modelos europeos, sino
por ósmosis. Si Quiroga, un hombre, a pesar de todo, de talentos
limitados, no fue un gran escritor, supo aprovechar sin embargo la
materia prima de la experiencia personal que es la marca inconfundible
de la obra auténtica.
No es por casualidad que Quiroga dedicó sus mejores esfuerzos
al cuento. La fuerza de concentración que necesitaba para su
trabajo imponía tensiones y disciplinas que seguramente no
podía mantener mucho tiempo seguido sin perder el aliento.
Nuestros primeros escritores "metafísicos" -el Lugones
de los cuentos fantásticos, por ejemplo, y también,
dentro de la misma generación, ese ingenioso conversador, Macedonio
Fernández, el padrino espiritual de Borges- dejaron apenas
unos pocos rastros casi imperceptibles de lo que eran esencialmente
actividades secretas. El mismo Borges, que ha dado el salto metafísico
a partir del cuento fantástico -como lo hizo también
su colega uruguayo, Felisberto Hernández, otro gran concentrador-
ha trabajado siempre en pequeña escala. Los novelistas de su
generación eran escritores al viejo modo, como Eduardo Mallea,
que inundó los años treinta con obras pletóricas
y laboriosas co¬mo su Nocturno europeo o la Historia
de una pasión argentina, que divagaban por la hipérbole
y el eufemismo y no aventajaban en consistencia dramática a
las del abundoso Gallegos.
El primer novelista en la nueva veta, nacido en 1900, un año
después de Borges, fue Roberto Arlt, una figura algo enigmática,
hijo de inmigrantes alemanes y por temperamento y carácter
oscuramente destinado a recorrer el camino de la pasión. Problemas
de familia, una infancia escuálida, el rechazo de la disciplina
paterna, la fuga temprana del hogar, años de vagabundeo y miseria
en la gran ciudad, fueron, a la buena manera freudiana, algunos de
los percances que lo inclinaron hacia las penumbras. Conoció
en carne propia la vida de los proscriptos y los humillados, las desesperaciones
lentas y demencias inútiles de los que se arrastran por los
bajos fondos de la gran ciudad. Fue un dostoyevskiano que en sus retratos
penetrantes de lo excéntrico y lo marginal -Los siete locos
y Los lanzallamas- captó con humorismo patibulario
imágenes de un mundo sumergido que era como un mapa del lado
oscuro de la luna porteña. Arlt escribía en un momento
de desilusión en la historia argentina que coincidió
con la creciente hegemonía política de grupos militaristas,
que llegaron al poder en 1930 con el gobierno del presidente Uriburu.
Pero en lo pasional, como en lo cultural -se le consideraba un pobre
escritor de barrio en su época- Arlt fue autodidacta. Era un
paria por naturaleza, fantasioso, nocturno y desmedido que al pintar
el lenocinio y la teología del hampa describía figuras
cortadas no tanto a la medida de un medio como de una visión
personal. Arlt no veía la condición humana en un contexto
social, sino más bien en su dimensión filosófica
y astronómica. A partir de esta disconformidad trascendente,
caló más profundamente en el alma de su sociedad que
cualquier otro escritor de su época. No era un literato en
el sentido superficial de la palabra, y la verdad es que en el terreno
de la pura "literatura" su obra tiene grandes deficiencias.
Está mal estructurada, es inconexa y desigual y de aliento
esporádico. Pero va siempre instintivamente dirigida al blanco
final. Arlt es inculto, hasta ignorante, pero nunca inocuo o insípido.
Si a veces descuida los pormenores, es porque se dedica a la caza
mayor. Y esa es su fuerza. Se dice que solía preguntarle a
su erudito amigo Güiraldes, cuyas poetizaciones de la realidad
no lo impresionaban particularmente, cuándo se iba a poner
a escribir "en serio". Porque Arlt se tomaba muy a pecho
el asunto de ser escritor. Vivió y murió ignorado por
su época. Y sin embargo había descubierto una ciudad
y el idioma que la expresaba. Fue Arlt el que introdujo en la literatura
argentina no sólo los verdaderos paisajes porteños sino
el lunfardo callejero, el habla sagrada y profana de los barrios bajos
en la que late el corazón de la ciudad.
El cosmos mitológico
porteño de Leopoldo Marechal
La fantasía quiroguiana, el episódico Arlt, ilustran
diversamente las dificultades que se oponen a la introspección
en una cultura esencialmente extravertida, donde un Cortázar,
años después, se veía obligado todavía
a barajar las posibilidades del cuento fantástico antes de
alcanzar la plenitud intermitente de Rayuela. Leopoldo Marechal,
otro miembro distinguido de la generación martinfierrista,
ha dejado páginas elocuentes sobre el dilema del hombre que
sufre de "esa falta de presión interna que lo expone,
desarmado, a la invasión de las imágenes exteriores",
y la casi imposibilidad para el escritor, en esas circunstancias,
de formular "el guarismo creador". Concepto que es un síntoma
cultural. Marechal, veterano de muchas batallas en la Ciudad de la
Yegua Tobiana, "que tiene su símbolo en la gallina",
es experto en la materia. Lo mostró claramente en su monumento
a la misantropía porteña, Adán Buenosayres,
un coloso publicado recién en 1948 pero comenzado en 1930,
en el apogeo del martinfierrismo, del que pinta un cuadro completo
que abarca todas las contradicciones -la hipersensibilidad, la militancia,
el amor a la mitología, el ingreso en la metafísica-
de la época. El hecho de que le tomara a Marechal dieciocho
años completar su libro -lo interrumpía continuamente
"una honda crisis espiritual"- ya es significativo. El Adán
Buenosayres es una bulliciosa humoresca que va hilando con negligencia
una serie de episodios sueltos donde alternan facilidades, arideces,
desmayos y un talento satírico de primer orden en plena embestida
por los abismos de la sociedad argentina.
En Adán Buenosayres, un libro construido de acuerdo
con lo que podríamos llamar el sistema ptolomeico, hay un despliegue
de energías que es el primer verdadero esfuerzo hacia una novela
completa en nuestra literatura. Es a la vez una odisea porteña
-con ecos del Ulises de Joyce- y una alegoría dantesca,
en la que no falta un descenso al infierno, aquí llamado Cacodelphia,
"la ciudad atormentada... urbe sólo visible para los ojos
del intelecto" que el autor define como "una contrafigura
de la Buenos Aires visible". Gran parte del Adán Buenosayres
está escrito en clave. Abundan los chistes privados, las alusiones
esotéricas y las referencias a temas sectarios y a gente conocida
del autor. Pero el libro sobrevive por su humorismo insolente y fanfarrón
y su aire de farsa que explota el lenguaje en todos los niveles, desde
la más altisonante oratoria poética hasta la invectiva,
la grosería y el escarnio de la jerga popular. "Humorismo
angélico", llama el autor a su tono bromista, explicando,
sutilmente embustero, que refleja la sonriente indulgencia con que
las huestes celestiales ven las flaquezas humanas. Los personajes,
que son como los signos de un zodíaco privado, se inflan hasta
alcanzar la "estatura heroica" de símbolos contemporáneos.
En el centro del escenario, escuchando la música de las esferas,
está Adán, naturalmente una proyección del autor,
un desaforado poeta y maestro de escuela que atraviesa una crisis
entre el esteticismo y una especie de misticismo cristiano en el curso
de cuarenta y ocho horas críticas en las que agota el repertorio
completo de los temas del día. Empezamos con su "despertar
metafísico" en su cuartucho de Villa Crespo, calle Monte
Egmont, en el corazón de Buenos Aires -es "un bazar de
objetos manoseados hasta la desesperación"-, una escena
de ópera bufa descrita como una "parodia de génesis",
en la que lucha Adán por extraerse de la "indiferenciación
primera". Pronto se abandona al ensueño, en el que aparecen
recuerdos de su infancia, todo un bailongo en el que conoció
alguna vez "la certidumbre de lo bello, lo verdadero y lo bueno";
reminiscencias de sus ancestros, entre ellos unos calabreses filibusteros
que atracaron en el Río de la Plata atraídos por los
"ángeles neocriollos"; e imágenes de su amada,
la indigna Solveig Amundsen, una porteñita bastante vulgar
y silvestre que la fantasía ha convertido en "la frágil
esencia de una construcción ideal". Adán, que últimamente
vive en el "vacío del alma, soledad y hielo", es
un soñador que desde su primera juventud ha sufrido del "terror
cósmico" de los que saben que "la tristeza nace de
lo múltiple". Evoca nostálgico las "vidas
heroicas y sin resonancia" de sus antepasados en la estancia,
donde palpitaba "toda la gesta del resero antiguo". Sufre
porque lo acecha desde siempre "cierta inclinación a la
duda" que agrava "un ansia entrañable de lo permanente",
y fluctúa día y noche entre la exaltación divina
y el pavor a "la devastación del tiempo". Su diario
íntimo, el meloso Cuaderno de Tapas Azules, nos revela algunos
de sus datos biográficos. Fue uno de esos niños, confiesa,
en los que "la vocación del llanto es anterior a la causa
del llanto". Su alma, desde el comienzo, "en virtud de su
peso natural", se colocó "en el centro de la rueda".
Su impulso poético, nacido de su pasión por el absoluto,
se confundió pronto con el arrobo amoroso. De joven, las am¬biciones
literarias lo llevaron a Adán a la capital, donde llegó
de "forastero y estudioso de la gran ciudad". Y allí
empezó su desgracia. Hizo el viaje reglamentario a Europa en
busca de su cuna ancestral y "una razón de arte";
vagó por todo el continente, iniciándose en "lecturas
dolorosas:... libros de ciencias olvidadas, herméticos y tentadores
como jardines prohibidos", y volvió con el deseo, como
se lo dice a sí mismo, de "hacer vibrar las cuerdas libres
de tu mundo según el ambicioso estilo que te habían
enseñado las cosas de allende". Desde entonces Adán
se rompe la cabeza tratando de glorificar una ciudad que, según
la noción en boga en su época, parodiada aquí
por Marechal, "está muriéndose de vulgaridad porque
carece de una tradición romántica". Adán
Buenosayres se propone justamente la tarea de dar un aura romántica
a esa ciudad. Reconocemos en el fantasmagórico Adán
a otro intelectual desarraigado, "un jugador tramposo, un tejedor
de humos". Es un Ulises con delirios de grandeza al que distraen
mil cantos de sirena. En diversas oportunidades se ha imaginado un
riguroso asceta, un milagroso curandero, un campeón de box
noqueando a Dempsey en el Madison Square Garden, un gangster que hace
saltar la banca en Monte Carlo, un pionero en la Patagonia, un Fundador
de Ciudades, creador de una Edad de Oro en sus tierras, impuesta "mediante
la aplicación de las doctrinas políticas de Aristóteles".
La mezcla de lo sublime y lo trivial es característica de la
pesadilla circense en que vive Adán. En la misma situación
está su amigo Samuel Tesler, profeta de barrio, "filósofo
dionisíaco" que no acaba de reponerse del "cansancio
de haber nacido". Porque aunque es un judío de Odesa,
hijo de un fabricante de violines, Samuel, tan ilusionado como cualquiera,
tiende a considerarse la encar¬nación moderna del gaucho
mítico, Santos Vega. ¿Y por qué no? Como descendiente
del "Hermafrodita original", pretende y sostiene, en una
cachada que hace el autor a las letanías borgianas, haber sido
en vidas anteriores "faquir en Calcuta, eunuco en Babilonia,
esquilador de perros en Tiro, flautista en Cartago, sacerdote de Isis
en Menfis, puta en Corinto, usurero en Roma y alquimista en el París
medieval". Su pasado orgiástico, como el presente agónico
de Adán, disimula y encubre un vacío interior. "He
malogrado mi único destino real", como dice Adán,
"por asumir cien formas inventadas".
Es el caso de todos en Adán Buenosayres. Entre los
prota¬gonistas, que ofrecen algo así como un muestrario
de la intelectualidad local, están el astrólogo Schultze
con su teoría sobre el neo-Criollo, una raza de futuros superhombres
que poblarán la Argentina, nacidos de la conjunción
de "las fuerzas astrológicas que rigen este país";
Franky Amundsen, un playboy trotamundos que deriva su cultura
enteramente de los cuentos de piratas y las novelas policiales; el
petiso Bernini, "sociólogo de vanguardia... moralista,
polígrafo y boxeador", que cree en un místico "espíritu
de la tierra", encarnación de la esencia de la argentinidad;
Lucio Negri, "laureado en medicina", un cretino positivista
que cotorrea las teorías científicas del momento; y,
por supuesto, Luis Pereda, "criollósofo y gramático",
en cuyo "criollismo de fonógrafo" y "onanismo
intelectual" reconocemos una alegre e insidiosa caricatura de
Borges. Cada uno de estos personajes tiene su lugar en el esquema
del libro, que a pesar de frecuentes patetismos nos lleva en una jubilosa
cabalgata al alma tan vituperada de esa Argentina de la que ha dicho
Borges que su única pasión auténtica es el snobismo.
Se suceden las payasadas, los juegos de salón, las tertulias
literarias y las escabrosas escenas callejeras con truculentos grupos
minoritarios de griegos y turcos, tenderos italia¬nos y judíos,
y encuentros intempestivos con una institución local, Mister
Crisholm, representante de la raída "misión civilizadora"
del Imperio Británico, que como sabemos está instalado
en los ferrocarriles nacionales y en las Islas Malvinas. Hay, al mando
de un "criollista práctico", Del Solar, una memorable
excursión al arrabal de Saavedra, que, resulta ser un foco
de infecciones mitológicas. Pasan como huracanes los malones,
el río carraspea en la noche con la "tristeza del barro
que pide un alma". Santos Vega se encuentra con su archienemigo
Juan Sin Ropa, tradicionalmente identificado con el diablo de la civilización,
pero aquí representativo de una demonología múltiple
que incluye al gringo, el capital extranjero y su personificación,
el Tío Sam, y finalmente, el Judío Errante. Un "linyera"
en cuclillas, frente a una fogata se revela "un mago auténtico"
que eriza la noche biliosa con una soberbia maldición, y un
humilde velorio suburbano dedicado a Juan Robles, "Pisador de
Barro", se reviste de un esplendor olímpico al convertirse
en un verdadero "Parnaso de la criolledad". El duelo en
torno al cadáver de Juan Robles reúne a todos los ángeles
basureros del barrio: un grupo de viejas comadrejas, "sacerdotisas
de una inflexible liturgia"; un amargo recaudador de impuestos;
el "taita" Flores, "el último ejemplar del malevo
clásico"; su fornido guardaespaldas; y la hija errante
de la familia afligida, cuya historia de lutos y quebrantos, que celebra
una prosa lírica hasta el delirio, "cabía en la
letra de un tango". Sigue una gran parrillada mixta en conmemoración
gastronómica del difunto, con ubres, tuétanos, genitalia,
y otras partes propiciatorias, en el restaurante de Ciro Rossini,
barítono operático, y en compañía de diversos
ejemplares de la fauna local, entre ellos un beatífico Príncipe
Azul, que escribe poesía para las masas, y un incongruente
payador gringo y urbanizado llamado Tissone. Una discusión
de estética -que toma la forma de un interludio teatral- se
interrumpe con una visita al cornucópico prostíbulo
de doña Venus, donde reina la bella Jova cuyas atenciones aguardan
un Joven Taciturno, un Señor Maduro, un Mercader Sirio, un
Conductor Gallego y un Gasista Italiano. Allí se arma el despelote
y cunde la alarma, que termina en una dispersión general. Queda
solo en la noche supersticiosa Adán con el astrólogo
Schultze, macaneador y chamán, que entre burlas y profecías
védicas lo guía por escaleras espirales a las cloacas
circulares del azufre ardiente y el alquitrán. Aquí
en los fuegos infernales se cocinan todos los monstruos sagrados de
la mitología argentina y todos los enemigos personales del
autor. Pasan por la rueda y la cremallera los charlatanes, los intermediarios,
los timadores, los agiotistas, los hipócritas, los parásitos
políticos, los periodistas, los agentes publicitarios, los
pedantes y los aduladores. Alternan el improperio y la diatriba con
el puro flatus vocis. Entre los blancos favoritos de Marechal
están las pretensiones literarias, y hay una cruel caricatura
de Victoria Ocampo, la gran dama de los salones argentinos -aquí
llamada Titania-, que hace un papel ridículo tratando de iniciar
a los peones de su estancia en la música de Honegger. De paso,
Marechal destrona de una zancadilla a la literatura argentina, tan
soporífera que combinada con una página de la guía
telefónica y un par de editoriales de "La Prensa",
puede dormir hasta al invencible dragón estacionado a las puertas
del infierno. Un lindo detalle es una calesita que gira como una matraca
emitiendo sones de organillo que resultan ser un Dies Irae
gregoriano. Adán, por entonces, ha llegado a la catalepsia
o al éxtasis. Se va arrimando al crematorio final, la Gran
Hoya, donde lo espera en una apoteosis digna de posteridad antológica,
el Paleogogo, "más feo que un susto a medianoche... Serio
como bragueta de fraile... Mierdoso, como alpargata de vasco tambero...
Solemne como pedo de inglés".
Nuevos rumbos: el viaje al
mundo interior
El Adán, con su estruendoso virtuosismo y su aparato
simbólico, es tal vez menos una novela que un fenómeno,
pero sus logros -el tirabuzón interior, la desenvoltura de
su lenguaje, su resonancia filosófica- se consolidarán
después en obras como La vida breve de Onetti, que
continúa por el camino de la subjetividad arltiana, y Rayuela
de Cortázar, que hace gran arte de la semántica y la
epistemología y explota la patafísica del lunfardo porteño
para producir lo que es probablemente la primera obra maestra del
humorismo en nuestra literatura. Y así, ampliando su campo
acústico para captar ecos múltiples, va creciendo nuestra
novela, y no sólo en el Río de la Plata. Avanza en todos
los frentes. La tendencia, como en Marechal, o hasta en Gallegos,
es hacia la novela completa, que puede definirse de dos maneras distintas.
O bien, desde el punto de vista tradicional, es completa en su visión
panorámica -como puede ser el caso de un Gallegos, o en años
más recientes, de un Carpentier en El siglo de las luces,
un Fuentes en La región más transparente, un
Vargas Llosa en La Casa Verde- o es completa en su gama interior.
El segundo caso es el de La vida breve, que se ensimisma
para agotar las posibilidades de una situación emotiva particular.
Es también el caso de Rayuela, que vive en zonas limítrofes,
extrapolando consecuencias últimas. Nuestra novela exteriorizante
es colectivista. Continúa en la tradición del naturalismo.
La. interiorizante, en cambio, es individualista. Aunque aquí
las categorías son muy flexibles, y las fronteras que las dividen
bastante borrosas. Fuentes interioriza en La muerte de Artemio
Cruz, y Vargas Llosa, a pesar de su temperamento eminentemente
subjetivo, por el énfasis que pone en la exterioridad, se coloca
netamente dentro de la corriente naturalista. Lo que tienen en común
todos estos escritores es la densidad y concentración cada
vez mayores de su obra. Un Borges introvertido y microscópico
no siempre dista tanto de un ampuloso Carpentier, que ingresa en la
dimensión metafísica con La guerra del tiempo.
Por otra parte, ambos, aunque en formas muy diferentes, son escritores
decididamente "literarios", estetas más que vitalistas.
El siglo de las luces, a pesar de su base histórica,
es tan panorámico como Gallegos y tan abstracto como Borges.
Y Rayuela, la vivencia pura, no carece sin embargo enteramente de
cierta tendencia esteticista y aristocratizante. También tira
hacia la abstracción. Tal vez en este sentido se encuentran
de alguna manera la metafísica y el colectivismo. Tanto Carpentier
como Cortázar trabajan con figuras mentales. Sus contextos
y puntos de referencia difieren absolutamente. Carpentier es un historiador
que pinta movimientos; Cortázar es un astrólogo que
dibuja caracteres. Pero ambos se dirigen hacia un más allá,
hacia lo cósmico y lo arquetípico. Carpentier va por
camino real, Cortázar por el atajo. Como Onetti, Cortázar
busca el borde de las cosas, la experiencia marginal. Pero paradójicamente
lo marginal es tal vez lo que da acceso más inmediato al centro.
Para Cortázar, como para Carpentier, una fuerte influencia
ha sido el surrealismo, que explota recursos subliminales. Y es quizá
en este terreno donde se encuentran todos nuestros buenos novelistas
y narradores. La novela completa podría ser aquella que reconcilia
todas las experiencias -las exteriores y las interiores- en la base.
Un Asturias, otro surrealista -en Hombres de maíz-
busca esta reconciliación en una asimilación poética
de la mitología indígena. En los últimos años,
nuestra narrativa ha tratado de encontrar el punto de confluencia
de lo mítico y lo personal, lo social y lo subjetivo, lo histórico
y lo metafísico. Un Guimarães Rosa -en Corpo de
baile, Grande sertão: veredas- demuestra que el esfuerzo
no ha sido en vano.
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