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El
boom de la literatura latinoamericana
Extracto tomado del prólogo
al libro Los nuestros (Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
8ª edición, 1978), del escritor y profesor de letras argentino-chileno
Luis Harss.
Hemos añadido el título y los subtítulos
a fin de facilitar la lectura. Se han eliminado las páginas
finales.
Influencias
De lo que no hay duda es que ha evolucionado enormemente la ficción
latinoamericana desde hace unos años en materia de oficio y
profesionalismo. La minuciosa exactitud de un Cortázar, la
pericia técnica de un Vargas Llosa, eran casi inconcebibles
una generación atrás. Claro que quien ha evolucionado
realmente es nuestro escritor. Se entrega más en su obra porque
se conoce mejor. Sus percepciones son más agudas que antes
y es más precisa su captación. A medida que va acortando
las distancias que lo separan de su material, se van desvaneciendo
muchos de los problemas y las distinciones que preocupaban tanto a
las generaciones anteriores. Se hace cada vez más difícil
y absurdo, por ejemplo, tratar de diferenciar lo regional de lo urbano.
El localismo ya no contradice la universalidad. Quiroga, después
de todo, fue en cierta forma un regionalista. En los años treinta
y cuarenta, en el Perú, amplió enormemente la gama de
la literatura regional -y con ella su promesa- el José María
Arguedas de Agua. En México en la década del
cuarenta, Agustín Yáñez, otro regionalista, trataba
de regenerar y actualizar su arte adaptando técnicas modernas
de orígenes en apariencia tan remotos como el Manhattan
Transfer de Dos Passos, un libro que ha tenido una tremenda influencia
en nuestra literatura, especialmen¬te en México y Centroamérica,
a través de los años, hasta -en Carlos Fuentes por ejemplo-
el día de hoy. En los últimos años la novela
regional en busca de nuevos recursos se ha vuelto hacia escritores
tan distintos como D. H. Lawrence y Joyce. Si el surrealismo le abrió
nuevas perspectivas a Miguel Ángel Asturias, la literatura
escandinava ha atraído a Rulfo. Hay ciertamente una región,
pero completamente sin estigmas regionalistas, en la obra de García
Márquez, en la que percibimos el influjo de Faulkner, Hemingway
y Camus. Sombras faulknerianas habitan también las regiones
de Vargas Llosa. Lo cierto es que de todas las influencias que ha
recibido nuestra literatura, regional y urbana, en los últimos
veinte años, la de Faulkner es probablemente la más
fuerte e importante. A veces la influencia ha sido benéfica,
como en Vargas Llosa, y otras perjudicial, como en Onetti, o en el
voluble Ernesto Sábato. Faulkner ha sido una especie de paradigma,
el modelo del artista visionario, absoluto. Y a medida que madura
nuestra narrativa, va heredando esta eterna vocación. Ya refleje
la angustia existencial, como en Sábato, la fenomenología
sartreana, como en Vargas Llosa, o el enajenamiento como en Onetti
y Rulfo, asume sus responsabilidades no sólo ante un lugar
y una época, sino ante una necesidad humana universal. Al asentarse
como vocación, se hace más fecunda y también
más versátil. Se abre al mundo y acoge de todas partes
las semillas fértiles. Así es como Borges y Cortázar
resucitan en nuestro continente la tradición anglosajona de
la literatura fantástica, tiñéndola de orientalismo;
Carpentier se vuelve hacia el barroco español; y Fuentes se
identifica con la corriente anárquica de la novela norteamericana.
Las combinaciones posibles que ofrece esta situación son infinitas.
Sería peligroso despreciar la tradición española,
que sigue muy vigente entre nosotros. Nuestra ficción es todavía
predominantemente externa, descriptiva. Tampoco pueden pasarse por
alto ciertos atavismos protoculturales que persiguen aún a
nuestros escritores: la mímica estilística o técnica,
por ejemplo. Pero ya existe el sui generis, y se está
imponiendo la originalidad. Basta pensar en Rayuela, o en
Grande sertão: veredas, ese vástago tardío
de un gran arte trágico europeo, con el que la novela "regional"
ingresa de pleno en la problemática contemporánea.
Encrucijadas y debates, nuevos
puntos de vista
Si nuestra literatura se reconoce en esa problemática es porque,
en nuestros campos como en nuestras ciudades, la vivimos más
cada día. La vieja noción que causó tantas controversias
inútiles en nuestro mundo literario, según la cual lo
autóctono o "auténtico" tenía que ser
local o regional, va quedando en el olvido. Con la perspectiva del
tiempo podemos verla por lo que fue: una falsa alternativa basada
en argumentos arbitrarios o equívocos. El naturalismo, que
sostenía algo espúreamente haber brotado en el continente
por generación espontánea, fue un artículo tan
importado como el modernismo. Ni el compromiso por un lado ni el esteticismo
por el otro gozaban de derechos exclusivos sobre nuestra realidad.
Ni el uno ni el otro eran una forma a priori dotada de privilegios
monopolistas. En ambos había un elemento sofístico y
gratuito. Nuestra literatura, crónicamente en busca de sí
misma, siempre fue una amalgama de muchos metales, y en su contexto
histórico un Borges no ha sido ni más ni menos "autóctono"
que un cronista regional como Martín Luis Guzmán. El
narrador de la vieja generación, que se llamara Borges o Carpentier,
sufría de una crisis continua de identidad, y por lo tanto
tenía muy presente, en forma demasiado ingenua, el problema
de lo autóctono, que veía casi como un desafío
a su integridad personal. De allí las enconadas polémicas,
las protestas de fe, las denuncias y declaraciones de autogénesis.
Pero han quedado atrás esos tiempos. Hoy el escritor latinoamericano
se siente más a sus anchas en su mundo, porque es el mundo
de todos. Las complejidades del Estado moderno, la internacionalización
de la cultura y la política son tales que el medio ya no lo
aísla. La posición de nuestro continente es cada vez
más céntrica, y los que allí viven están
en el cruce de todos los caminos. En realidad, siempre lo han estado,
sin saberlo. Pero ahora, como dice Borges, al ir descubriendo la universalidad
de nuestra tradición, no tenernos por qué negarnos ninguna
parte de ella. En las batallas de hace una generación -batallas
que continúan en algunos círculos todavía- había
una mezcla cacofónica de nacionalismo cultural, falso orgullo
y exaltación patriotera que contribuían poco a aclarar
el verdadero problema. ¿Era más o menos "autóctona",
por ejemplo, la literatura fantástica que la gauchesca? Ambos
géneros eran igualmente productos del artificio literario,
y no por eso menos válidos para el autor que encontraba en
el uno o el otro los medios de expresar una visión interior.
Cuando faltaba la visión, ambos eran igualmente apócrifos.
La confusión viene de pensar que la autenticidad es sinónima
de la presencia física de un lugar. Es lo que produce la literatura
eminentemente geográfica de un Carpentier. Pero la erudición
y el intelectualismo crean serias interferencias en el arte de Carpentier,
que a veces pinta con una paleta mucho menos fina y eficaz que el
subjetivo Onetti, o que un Cortázar, argentino hasta la médula
en cada sílaba, aunque vive y a menudo ambienta su obra físicamente
en París. ¿Y qué diremos del indigenismo surrealista
de Asturias? Parece haberse sensibilizado perfectamente bien a las
fuerzas atmosféricas del continente. La verdad es que donde
hay vivencias, habrá siempre autenticidad. Y es justamente
en este terreno donde mostraban flagrantemente sus debilidades las
viejas generaciones literarias. En México, por ejemplo, los
viejos regionalistas captaron menos fielmente en un momento dado el
ambiente de su país que los "poetas de la soledad"
como Octavio Paz, en cuyo "escalofrío metafísico"
hay una transmisión de un sentimiento profundamente mexicano
nada impedido por el influjo siempre tan visible en la obra de Paz
del misticismo oriental. Es que el orden místico, como el psíquico,
que parecen descubrimientos tan novedosos en nuestra literatura, por
lo tardíos, son dimensiones tan verdaderas de nuestra realidad
como cualquier otra. Esto lo reconocen hoy, aunque no siempre lo muestren
en la práctica -tenemos en México el caso interesante
de José Revueltas- hasta los buenos escritores marxistas. A
medida que van caducando las viejas polémicas y el escritor
se va sintiendo cada vez menos obligado a definir de antemano su posición
artística o política, va surgiendo una literatura más
intuitiva, más dueña de sí misma, más
fuerte en sus entrañas, más íntegra y veraz.
El nuevo escritor frente
a su obra
Si, en general, nuestro escritor no es todavía introspectivo,
es capaz ya de la concentración y el esfuerzo sostenido que
requiere el parto creador. Ha comenzado, como García Márquez,
a ir más allá de la observación y el testimonio,
a la revelación y al descubrimiento. No sólo registra
lo que ya está presente, sino que agrega algo nuevo. Sabe que
cosecha de la realidad lo que ha sembrado en ella. Por cierto que
no todos nuestros escritores se reconocerían en este retrato.
Porque nuestra literatura, siempre obstinadamente materialista, sigue
desconfiando de la interioridad y descuida bastante la caracterización
del personaje. Novelistas tan distintos como Carpentier y Vargas Llosa,
por ejemplo, no sólo la evitan casi por completo, sino que
hasta se empeñan en negar su valor. Heredan con esta actitud
el viejo fetiche naturalista, según el cual las psicologías
individuales son incompatibles con la buena sociología, que
por alguna razón debe ser impersonal. La premisa de esta literatura,
en la que a falta de gente predominan las pinceladas histriónicas,
es que todas las personas son iguales dentro de una situación
dada, que las define enteramente, anulando o en todo caso invalidando
las variantes interiores. De hecho, es una literatura sin rostro,
anónima. Su problema es que al suprimir el personaje debilita
el drama, con lo que queda prácticamente excluido el lector.
El naturalista alega objetividad. Pero si existe realmente la objetividad
en el arte de la imaginación, provendría más
bien de multiplicar las perspectivas y los puntos de vista que de
eliminarlos. Lo que significa que cuantas más subjetividades
crea un novelista, cuantas más miradas comparte, más
objetiva será su visión. Este es el principio tolstoyano
aun bastante ajeno a nuestra literatura. La pobreza interior sigue
siendo no sólo un grave impedimento mecánico dentro
de nuestra narrativa sino también un verdadero obstáculo
psicológico. Es un síntoma de censura inconsciente.
En general, nuestros escritores crean atmósferas, no caracteres.
Novelistas subjetivos como Onetti o García Márquez proyectan
una sola subjetividad en su obra. Pero hay señales, en Cortázar,
en Fuentes, en Guimarães Rosa, de que a medida que el novelista
va tocando fondo en su propia humanidad descubre también la
de los demás.
Ya ha logrado notables avances en otros dominios. Las relaciones que
mantiene con su sociedad son mucho más ambiguas y complejas
que hace unos años. La mayoría de nuestros novelistas
jóvenes, por ejemplo, están tan comprometidos políticamente
corno sus predecesores, pero saben distinguir entre el activismo y
el arte. Esta división elemental es nueva en nuestra literatura.
Para el joven novelista actual, uno de los hechos centrales de la
experiencia latinoamericana es la revolución cubana, cuyas
repercusiones espirituales no han sido muy diferentes de las de la
guerra civil española hace treinta años. Salvo, por
supuesto, que lo han afectado más directamente, y no, tal vez
por esa misma razón, principalmente en sus aspectos ideológicos,
sino en el plano más amplio de las categorías mentales
en general. Para quienes apoyan los principios básicos de la
revolución -la nivelación de las clases, la igualdad
racial, la alfabetización, la autodeterminación cultural-
no ha sido una experiencia inocentemente política. La revolución,
en 1965, no es una doctrina, sino un "ethos". Es la conciencia
de una profunda trasformación socio-cultural en el seno de
un continente que por fin comienza a definirse. Al novelista le interesan
menos sus fines políticos y económicos que su fuerza
moral. Su contribución consiste en dar forma y cauce profundo
a esa fuerza. Su tarea no es la persuasión, sino la reflexión
y el diálogo.
El surgimiento de un lectorado
en América Latina
En los últimos cinco o diez años, las condiciones han
sido particularmente favorables para el novelista. Con la educación
ha aumentado notablemente el público lector, y ya no rige tanto
como antes en nuestra literatura la ley del embudo. Ha mejorado la
comunicación, y la alternativa para el escritor ya no es la
camarilla literaria por un lado y por el otro el vacío. Hace
veinte años el público lector latinoamericano, cuando
lo había, no leía casi nada más que literatura
importada, menospreciando el producto local, que muchas veces, para
decir la verdad, no merecía otro tratamiento. Pero desde entonces
el escritor y el público han crecido juntos. Han comenzado
a frecuentarse socialmente. Ambos, con algunas excepciones, pertenecen
a la clase media. Se encuentran en terreno común, y se entienden
porque hablan el mismo lenguaje. Aunque probablemente no tenemos todavía
escritores de origen estrictamente, proletario, la cuna humilde, con
un poco de suerte y otro poco de sudor, ya no es la muerte automática.
Si las amistades sectarias y las relaciones personales siguen abriendo
puertas, ayuda también a su manera la lotería de las
becas y los concursos literarios. Hay también cada vez más
medios de empleo independiente en revistas, periódicos y organismos
culturales. Y, lo más importante de todo, están creciendo
las ediciones. Las editoriales, esas fortalezas del bien pensar que
tradicionalmente se mantienen saqueando las tumbas prehistóricas,
están más dispuestas que antes a arriesgarse con el
talento local. Al desbaratarse las sectas, ha disminuido el clima
incestuoso de nuestra literatura. Algunos países, como la Argentina,
todavía tienen poderosas jerarquías establecidas cuyos
miembros pasan el tiempo celebrándose mutuamente. Pero el agasajo
y la ceremonia ya no son garantías de reconocimiento literario.
Pocos de nuestros buenos escritores actuales se han consagrado en
la confraternidad. El talento hoy en día puede hacerse valer
por sus propios méritos, porque se basta a sí mismo.
La situación presenta sus peligros. El escritor ya no puede
dormirse en sus laureles. No bastan los bises. Tiene que evolucionar.
Hace unos pocos años, el primer fruto solía agotar el
árbol, que después se marchitaba. Los ídolos
morían institucionalizándose. Pero ahora el escritor,
porque será juzgado por sus propias normas, que están
en constante flujo, crece con ellas. Como prueba tenemos el ejemplo
radiante de un Cortázar. A diferencia de un Borges, que se
colmó allí por los años cuarenta y se ha estancado
un poco desde entonces, Cortázar no ha permanecido estacionario
un momento y su trayectoria se hace más intrépida cada
día. Es cierto que tenemos algunos escritores monocromáticos
como Rulfo y Onetti. Pero sus dificultades son personales. Un García
Márquez, que pareció cristalizarse en sus primeras obras,
ya va camino del deshielo. El éxito, en general, no echa a
perder al escritor de hoy. Algunos, obligados a vencer obstáculos
materiales -casi todos nuestros escritores se mantienen en diversos
empleos más o menos exigentes- producen poco, y despacio. Pero
progresan. Un gran incentivo reciente han sido los mercados que se
les están abriendo en el exterior con las traducciones de sus
obras. La comunicación a través de las fronteras nacionales,
en un tiempo casi inexistente a causa de nuestra falta de medios de
distribución, es otro problema que se está resolviendo
de a poco. Nuestros dos polos culturales siguen siendo México
y Buenos Aires, pero los contactos van en aumento en todas partes.
Se solía decir que la capital de la América Latina era
París, porque sólo allí podían encontrarse
nuestros escritores, generalmente exiliados, o en misiones diplomáticas.
La movilidad era uno de los fundamentos del éxito. Pero luego,
gracias a la internacionalización de ciertas editoriales corno
el Fondo de Cultura Económica de México -otra aventura
ecuménica pudo ser la Casa de las Américas de Cuba-,
sus obras empezaron a circular por el continente aun sin la presencia
física del autor. Con este nuevo estímulo, ha nacido
una nueva solidaridad. La excepción, desgraciadamente, a causa
de viejas barreras culturales y lingüísticas, que siguen
siempre en pie, es el Brasil. Pero sin duda también el Brasil
ingresará pronto en la comunidad. Nuestras dos literaturas,
corno esperamos pueda contribuir a demostrar este libro, están
bastante emparentadas.
La búsqueda de un
lenguaje propio
Comparten, entre otras cosas, una creciente preocupación por
el lenguaje, tradicionalmente uno de nuestros puntos débiles.
En otros países, los Estados Unidos por ejemplo, ha habido
una especie de continuo en el desarrollo del idioma novelesco, que
se formó temprano en contacto con el habla cotidiana. Se moduló,
y matizó sus voces, para captar un ritmo de vida y expresar
una manera de ser. Sus artífices advirtieron que las palabras
significan siempre más de lo que dicen, y que su fuerza está
no en lo que denotan sino en lo que sugieren. Le dan a una novela
no sólo su contenido, sino su pulso, su verdadera articulación.
Nosotros nos demoramos bastante en comprender esta verdad fundamental.
En la literatura latinoamericana siempre ha habido, y sigue habiendo
en muchos casos, un escandaloso desnivel entre el lenguaje "literario"
y el lenguaje hablado. Nuestra novela, hasta hace poco, no se había
ocupado nunca en forma sistemática de desarrollar un lenguaje
que reflejara verazmente el medio social. Nuestros antiguos novelistas
escribían al azar, a veces bien y a veces mal, según
el caso y la aptitud individual, pero siempre con una sensación
de extrañamiento dentro de una lengua de estructuras un tanto
ajenas a las normas del pensamiento y del habla locales, y tendían
por lo tanto a desviarse por los circuitos del periodismo o los de
la retórica. Hacían lo que podían, provisionalmente,
con los pocos recursos disponibles. Las tentativas de modificar el
instrumento tropezaban con la resistencia académica. Entre
los primeros que atacaron las viejas estructuras estuvieron los modernistas,
que crearon sobre todo nuevas disyuntivas en el lenguaje renovando
sus procesos metafóricos. Pero el lenguaje modernista era recóndito.
Los regionalistas escribieron a veces con más cuerpo y vigor,
aunque adoptaron una actitud casi puramente utilitaria con el lenguaje.
Lo ampliaron en cierto modo inyectándole pintorescos localismos
que en ocasiones cayeron en el dialecto, pero también, al nivelarlo
para hacerlo más accesible en el plano conceptual, lo desvocabularizaron.
Los escritores más sensibles tuvieron que cortarse el lenguaje
a su propia medida. Muchos de los primeros rebeldes contra el academicismo,
como Borges, acabaron inventándose un lenguaje individual,
una especie de abstracción a medio camino entre lo hablado
y lo literario. Una variante del mismo es la melodiosa palabrería
expatriada de Carpentier. Una heroica tentativa de hacer algo radicalmente
nuevo fue la vibrante folklorización poética de Asturias,
que tiene la exuberancia y espontaneidad de la escritura automática.
Incorpora los ritmos del habla popular mientras evita las peores trampas
del regionalismo. Todos estos escritores, como Guimarães Rosa
en el Brasil, país que no difiere del resto Latinoamérica
en este respecto, aunque la investigación lingüística
empezó allí antes que en otras partes, tuvieron que
partir prácticamente de cero. Las infinitas inflexiones distribuidas
por toda la inmensa superficie del continente, complican una tarea
ya de por sí desproporcionadamente difícil. Hoy en día
un Rulfo parte de premisas lingüísticas todavía
muy distintas a las de un Vargas Llosa. Sin embargo, el hecho de que
nuestra literatura ande por las calles como nunca antes significa
que su lenguaje se está enriqueciendo constantemente en todos
los niveles y se está haciendo más natural e instintivo.
En Rulfo, como en García Márquez, sin perder nada de
su frescura, se ha estilizado hasta adquirir una pureza casi clásica.
En Fuentes se ha vuelto barroco, lo mismo que en Vargas Llosa, que
le improvisa nuevas técnicas, pero sin descartar por completo
su vieja retórica. Onetti se ha fabricado su propia retórica.
Para todos estos escritores, sin excepción, el lenguaje como
medio e instrumento es una preocupación constante. Uno de los
elementos del lenguaje que emplean con creciente maestría es
el humorismo, que como sabemos es no sólo una forma de ambientar
lo cotidiano, sino además una manera de dislocarlo. Para nosotros
es también una señal de que con el tiempo y la evolución
nos vamos tomando un poco menos en serio que antes. Podemos hablar
mejor de las cosas de las que podemos reírnos. En esto el gran
renovador es Cortázar, que ha llevado el principio a un extremo
revolucionario, usándolo como punto de apoyo para una critica
del conocimiento y un asalto a las categorías mentales.
Y tal vez en eso consiste precisamente la tarea de nuestra narrativa
actual: en ser índice, imagen y presentimiento de transformaciones
profundas que están reestructurando los fundamentos de nuestra
sociedad. Porque la narrativa es un arte impuro, arraigado tanto en
la realidad social como en la vida interior, puede tal vez dar mejor
que ningún otro la síntesis de esta experiencia en un
lenguaje íntimo y universal.
Todo hace creer que hemos llegado a la etapa final de un proceso.
La década del 60 puede muy bien ser un momento decisivo. Nuestra
novela -y su forma subsidiaria, el cuento- está todavía
a prueba. Es demasiado pronto para saber si las pocas figuras realmente
notables que asoman en las penumbras son una casualidad o una promesa.
Pero si la diferencia entre un accidente y una tradición está
en el encadenamiento del esfuerzo común, el futuro se ve propicio.
Hoy por primera vez nuestros novelistas pueden aprender los unos de
los otros. Cada cual hace su camino propio, pero forma parte de una
unidad cultural. Su contribución no se pierde. Hay acumulación
y el comienzo de una continuidad. En este sentido podemos hablar del
verdadero nacimiento de una novela latinoamericana.
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