| |
 |
|
El
1ero. de Mayo y la jornada por las seis horas
Publicado en Desde Abajo,
periódico de los trabajadores de subterráneos de Buenos
Aires, No. 1, 2005.
Hace ya casi 20 años, en 1986, que me encontré casi
accidentalmente en Estados Unidos, en la ciudad de Chicago. Era la
primera vez que me encontraba allí y era, al mismo tiempo,
una de las grandes fechas históricas de la clase obrera mundial:
se cumplían 100 años del primer Primero de Mayo, día
internacional de los trabajadores. Para mí esto era algo muy
fuerte puesto que como socialista y ex obrero mecánico y gráfico
me había forjado en la conmemoración de un Primero de
Mayo combativo.
Emocionado hasta la médula, decidí que tenía
que sí o sí ir a hacer el debido peregrinaje a la Plaza
Haymarket, donde socialistas y anarquistas se habían movilizado
en demanda de la jornada laboral de ocho horas sólo para encontrar
la represión despiadada. Fue durante de la movilización
obrera que una bomba explotó en medio de las filas de la policía
la cual arremetió con los obreros, deteniendo a ocho dirigentes
que serían condenados al patíbulo cuatro años
más tarde a pesar de la protesta de los trabajadores a través
del mundo. Muchísimos años más tarde el gobierno
norteamericano finalmente admitió que la bomba la había
lanzado un provocador policial.
Poniendo manos a la obra me puse a buscar la plaza de los Mártires
de Chicago. Busqué en los mapas de la ciudad para no encontrar
nada; le pregunté al conserje del hotel, que me miró
como si me hubiera tomado unos vinos de más; me fui a una agencia
de turismo (suponiendo que en la tierra de los tours y de
Disney seguro que algún capitalista haría plata llevando
turistas a uno de los lugares más históricos del movimiento
obrero mundial), y nada. Finalmente, me encaminé a una sede
sindical donde me explicaron que el día de los trabajadores
(por lo menos en Estados Unidos) era el primer lunes de septiembre.
No entendía nada, hasta que, en medio de mi confusión,
me escuchó un viejo obrero comunista que me dio las indicaciones
necesarias.
Eufórico me encaminé hacia la Plaza Haymarket que es
un lugar pequeño, y como corresponde, en medio de galpones
y talleres. Ya anochecía cuando entré a la plaza y emocionado
divisé, en una punta, una estatua. Al acercarme descubrí
que era una estatua a... la policía. Un botonazo en uniforme
de aquella época alzaba la mano empuñando un bastón
represor y al pie decía “Alto, en nombre de la ley”.
Me quedé un rato aturdido hasta que noté que la estatua
estaba en muy mal estado y alguien la había pintado con una
“A” anarquista.
Al día siguiente, buscando una explicación, ubiqué
a un conocido anarquista para que me explicara lo de la “A”.
Me dijo que los anarcos norteamericanos, periódicamente, le
ponían una bomba y la municipalidad la reconstruía.
En ese momento se debatía en el consejo deliberante de Chicago
una propuesta para trasladar la estatua a la comisaría más
cercana (la propuesta no prosperó y la estatua a la policía
sigue en medio de una de las plazas más importante para la
clase obrera).
Esa experiencia me hizo reflexionar sobre la historia, la memoria,
el ayer y el hoy de los trabajadores. La clase obrera norteamericana
es la única que no conmemora el Primero de Mayo; de hecho,
ni siquiera sabe que fue protagonista de una fecha tan importante
para la humanidad. La burguesía cambió el día
del trabajador en ese país a uno sin fecha (el primer lunes
de septiembre) y sin significado; de hecho, es el día en el
cual la patronal y los sindicatos colaboracionistas hacen un picnic
para sus empleados y obreros. La lucha por la jornada de ocho horas
desapareció de los libros de historia. Albert Parsons, socialista
y revolucionario, el principal líder obrero de aquella jornada
histórica ha sido casi olvidado en su propio país. Su
esposa, Lucía Parsons, mexicana y fundadora de la IWW y del
Partido Comunista, no es ni mencionada (y no sólo por comunista
sino porque en un país “democrático” era
ilegal, hasta hace unas décadas, que una mexicana se casara
con un anglosajón... los Parsons fueron revolucionarios hasta
en eso, su vida misma cuestionó el racismo capitalista). Y
a pesar del olvido la estatua sigue en la plaza por que la burguesía
tiene muy en claro que la memoria y los símbolos pueden ayudar
a despertar la conciencia y a movilizar a los trabajadores en defensa
de sus derechos.
En aquel entonces Parsons y sus compañeros eran miembros de
un poderosísimo sindicato clandestino que unía a obreros
de todas las industrias. Ese sindicato, llamado la Muy Sagrada
Orden de los Caballeros del Trabajo (nótese cómo
veían al trabajo y al trabajador como algo noble) fue el gremio
más grande en la historia norteamericana y desapareció
debido a la represión después de 1886. Los Caballeros,
de acuerdo con la Segunda Internacional, se lanzaron denodadamente
a la lucha para obtener la jornada de ocho horas. La consigna de aquel
entonces era “ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar,
y ocho horas para hacer lo que queramos”. Recordemos que si
bien la iglesia y la burguesía siempre hablan de la familia,
fueron los trabajadores como Parsons los que dieron su sangre para
que el obrero común tuviera el tiempo para poder criar y estar
con sus hijos.
Hoy en día la lucha es por la jornada de las seis horas con
el mismo o mayor salario. En parte esto es así porque a menos
horas más puestos de trabajo. Pero mucho, mucho más
aun. Si ayer se reclamaban ocho horas para poder estar con la familia,
para educarse, para poder vivir hoy reclamamos seis horas para lo
mismo, y también para poder pensar y para poder disfrutar de
los frutos de nuestro trabajo. Nunca antes la productividad por hora
trabajada de un obrero fue tan alta, y nunca antes se le pagó
tan poco. El nivel de explotación es tan alto que generaciones
enteras han sido embrutecidas mientras nuestras familias se destruyen
porque los padres no están nunca con los hijos. Al igual que
Parsons y los Caballeros en 1886, hoy reclamamos la jornada de seis
horas no por vagos ni por egoístas, sino porque esa jornada
implica un mejor futuro para nuestros hijos, porque implica que vamos
a poder educarnos, por que es la forma en la que podremos disfrutar
del producto cada vez mayor de nuestros esfuerzos. Cada día
hay más riqueza en el mundo, y cada día la familia obrera
es más pobre. La jornada de seis horas es una de las herramientas
para revertir eso.
La burguesía sabe esto muy bien. Por eso tratan por todos los
medios que los obreros se olviden del verdadero significado del Primero
de Mayo. En Estados Unidos lo han censurado y borrado de la memoria
colectiva; en la Argentina intentan que sea un día de fiesta
como si tuviéramos algo que celebrar. Acortar la jornada laboral
implica que tendremos tiempo para educarnos y educar a nuestros hijos,
y un obrero instruido y con tiempo para pensar y reflexionar es un
obrero libre.
|
|
|