Avatares de la crítica cultural: Latinoamérica en el cine infantil de Hollywood
Por Marcela Croce. Doctora en Letras por la UBA, profesora adjunta de Problemas de Literatura Latinoamericana y secretaria académica del Instituto de Literatura Argentina. Ha publicado los volúmenes Contorno. Izquierda y proyecto cultural (1996), Osvaldo Soriano, el mercado complaciente (1998), Poesía Argentina Año 2000 (1999), Polémica intelectuales en América Latina (2006). Se desempeña como codirectora de la revista El Matadero.
Contacto: mcroce@filo.uba.ar



Un ademán adoctrinante define las producciones destinadas al público infantil. Es ya clásica la recaída edificante de algunos libros: puede ser La cabaña del Tío Tom de Harriet Beecher Stowe, donde la familiaridad con el esclavo permite suspender legítimamente el pago del salario (si la familia se lo da todo, ¿para qué quiere disponer de dinero propio?), o Corazón de Edmondo de Amicis, donde cada una de las historias que se suceden –en un marco de huérfanos y sufridores diversos— es un episodio atroz que invita a reflexionar sobre las comodidades que usufructúan los niños que no pasan hambre ni tienen que trabajar, no sufren malformaciones o impedimentos ni son azotados diariamente por sus padres o por algún otro adulto más desesperado que maligno.

En el mismo orden podría aludir a un libro editado por las Naciones Unidas para difundir los derechos del niño. El anfitrión del convite es la rana Gustavo –nombre absurdo que recibe en la ocasión la famosa rana René que campeaba en Los Muppets--, quien se supone que también pontifica (a título de vocero de la organización) en la contratapa, explicando a los padres cómo disponer de “eficaces ilustraciones y un texto sencillo y conmovedor” para lograr una “singular aproximación a un tema que puede resultar difícil de tratar”. Pero la portadilla tiene otras pretensiones: “Los niños que miran a los demás de manera comprensiva y compasiva se convierten en adultos comprensivos y compasivos”. Es un aprendizaje en la caridad que prescinde de los relatos de Dickens y prefiere las formulaciones sencillas que distinguen a los derechos. “Todos los niños necesitan alimentos”, proclama la rana bajo un atuendo azteca de batracio emplumado mientras presenta a una familia sentada a la mesa; aunque al volver la página, la imagen cambia radicalmente y una familia desnutrida ilustra la negación del derecho: “Pero a veces no hay suficiente para que todos coman”.

La estructura adversativa siempre introduce la posibilidad de que el derecho no se cumpla; las imágenes coloridas del primer enunciado se revierten en los tonos pálidos que acompañan al segundo. Lo terrible no es que se muestre la infracción a los derechos básicos sino que la misma esté naturalizada. No hay rebeldía, ni queja, ni denuncia, ni reacción alguna: simplemente las cosas son así. El principio del conservadurismo domina el conjunto y la armonía del dibujo final, donde todos disponen de alimentos, agua, educación, esparcimiento, salud y religión es un deseo sobre cuya realización no existe ninguna evidencia. Como la paz es difícilmente representable, unas palomas sobrevuelan llevando olivo en el pico, mientras el escudo de las Naciones Unidas domina el paisaje de bienestar. Ni una palabra sobre el papel lastimoso que le cabe al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas cada vez que autoriza una invasión o promueve una guerra porque conviene a los intereses de los países con mayor peso en la organización.

Y de paso: mientras en la página final cada dibujo se corresponde con algún organismo de la ONU (los bien alimentados con la FAO, los saludables con la OMS), otros no tienen ilustración idónea pero de todos modos se incluyen: al Fondo Monetario Internacional se le asignan funciones cooperativas; al Banco Mundial, asistenciales. Son consejos previstos para el auxilio a la minusvalía que presentan los países incapaces de gobernarse por sí mismos –como establecía el apoplético Theodore Roosevelt mientras empuñaba el big stick para mantenerlos a raya--, de sostener sus economías “sanas” –como requería la “diplomacia del dólar” implantada por el presidente Howard Taft— y de alejar a sus intelectuales de la ola roja que el malogrado John F. Kennedy advirtió demasiado poderosa cuando propuso contrarrestarla con la Alianza para el Progreso.

Recordaré un episodio más en este rosario de iniquidades, que tiene la ventaja adicional de permitirme entrar en tema. Es una película producida en Estados Unidos, difundida a partir de esa maquinaria monstruosa que es Hollywood, que reedita una antigua y exitosa comedia negra aunque con cierto afán de crítica política del cual su antecedente carecía: The Addams Family Values. Con la práctica de los seriales la película se llamó Los Locos Addams II para acallar su verdadera tendencia a establecer valores disímiles de los de la sociedad de consumo en la cual están insertos, a su pesar, los personajes. La Viuda Negra que seduce al pasmoso Tío Lucas es una asesina serial por insuficiencias consumísticas: mató a sus padres porque en lugar de la Barbie Princesa pretendieron conformarla con la Barbie Malibú, liquidó a su primer marido cuando lamentó no poder comprarle ese año el Mercedes Benz y pretende ultimar al tío calvo, que resiste hiperbólica e ingenuamente.

Los niños, entretanto, son enviados a un campamento dirigido por unos oligofrénicos que se exaltan con los rubios aquiescentes y se desesperan con estos oscuros sediciosos. Para convencerlos de que actúen en la obra de cierre de la aventura, a la vez que para castigarlos por su indisciplinamiento en el respeto a las reglas del campamento, esa especie de jefes de boy scouts huecos los encierran en la “casita del bosque” donde deben padecer desde La Novicia Rebelde que despolitiza la guerra para convertir una escalera en un piano hasta la colección más lacrimógena de las películas de Disney. Los chicos salen lobotomizados, repitiendo que harán el papel que se les asigne, aunque la nena extreme su rol de Pocahontas y organice la venganza de la rubia quirúrgica en la antesala de la hoguera. Lo más asombroso de los Addams es que son renuentes al consumo incluso siendo millonarios; acumulan un dinero que no se sabe en qué gastarán, eliminan su capital del circuito productivo y han fetichizado la fortuna del mismo modo que el resto de sus compatriotas –y no sólo ellos-- ha fetichizado la mercancía.

Es la misma contradicción que introducía el Tío Rico de Disney, en esa perversa familiaridad que ya subrayaran Ariel Dorfman y Armand Mattelart en el clásico Para leer al Pato Donald: las relaciones entre padres e hijos se sustituyen por las de tíos y sobrinos. Shklovskianos en su ignorancia, advierten que la herencia corre de tío a sobrino y que algún miembro de esa comunidad de patos tendrá acceso a las monedas de oro que celosamente evita gastar el avaro de galera y monóculo. Pero el libro de Dorfman y Mattelart es apenas una puerta de acceso a un tema que no ha sido demasiado atendido en su dimensión formativa: el modo en que la industria hollywoodense, especialmente a partir de sus películas, ha digitado la ideología de los niños en los países sujetos a su influencia, ha identificado los lugares de producción del mal de acuerdo con las políticas imperiales y se ha empeñado en modelar al perfecto ciudadano proimperialista.
Arribo aquí al centro vertiginoso de la exposición.



Un tour latinoamericano

La primera vez que Disney se ocupa de América Latina es en 1945, en Los tres caballeros. La fecha resulta inequívoca: es el momento en que finaliza la Segunda Guerra Mundial, en que fallece el tres veces consecutivas presidente Franklin Delano Roosevelt y en que el nuevo mandatario Harry Truman arroja dos bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. La película elude el contexto conflictivo de Europa y Asia y se recorta sobre América. Donald recibe para el cumpleaños una encomienda de “sus amigos en América Latina” que contiene tres paquetes. El primero trae un proyector en el que se puede ver un film sobre aves autóctonas del sur del continente, presentadas por un profesor. Avanzando hacia el otro extremo americano, la película muestra al Polo Sur, pero para que el pato yanqui no deba ponerse de cabeza, conviene dar vuelta el mapa: sólo esa comodidad justifica tal alteración de la ortodoxia cartográfica.

La historia de un pingüino que recorre el mundo es el primer ejemplo que recibe Donald para lanzarse a la gira latinoamericana, a la cual irá acompañado de Joe Carioca, un loro con sombrero panamá, paraguas, smoking y habano hallado en el segundo paquete de los friends latinos. Él lo guiará en el recorrido brasileño que se inicia en busca de las aves exóticas del Amazonas, donde uno de los pájaros luce –rubendarianamente— “un pomposo peinado Pompadour”, añadiendo a la extravagancia de su aspecto la de su presentación verbal. El despliegue del mapa brasileño en busca de otros pájaros prosigue en la pampa donde el hornero arma su nido de barro. Allí se lleva a cabo una doma por parte de un niño provisto de sombrero, bombacha, chiripá, boleadoras, puñal y pañuelo al cuello a quien corresponde amansar no un potro sino un burro sospechosamente semejante a aquel en el cual se convertía Pinocho en la película homónima.

Los gauchos juegan al sapo y abusan de esa convención literaria que se dio en llamar “lengua gauchesca”. Tales atracciones para el turista marcan el límite del interés por la Argentina, país reacio a alinearse con Estados Unidos durante la guerra y exponente de una clara simpatía hacia el Eje, tanto a través de sus gobiernos militares como de ciertos intelectuales que establecieron contactos estrechos con la Alemania nazi. Brasil, en cambio, aunque Getúlio Vargas tuviera una inclinación inicial hacia el Eje, declaró la guerra a Alemania cuando algunos de sus barcos fueron bombardeados por la Marina nazi. Por eso Joe Carioca podrá acompañar a Donald en el resto de su gira, mientras el joven gaucho queda en su lugar de origen, bailando una danza folklórica en un rancho.

Además, Brasil acarrea una seducción en múltiples órdenes que siempre es un atractivo sensible para el turista: por un lado, la inmensidad natural del Amazonas, fuente inagotable de recursos de los que Estados Unidos carece –el mismo Henry Ford instaló allí la trasnochada Fordlandia a fin de producir el caucho para los neumáticos de sus propios automóviles--; por el otro, los bailes típicos, las frutas tropicales, las figuras que triunfaron en Hollywood. Así, en medio del paisaje bahiano –“tierra de romance” repite el loro asistido por un fondo de Iglesias barrocas y veleros--, Donald se extasía siguiendo el ritmo de Carmen Miranda, cuya nacionalidad portuguesa fue anulada para convertirla en un ícono del Brasil turístico. Un grupo de sujetos con sombreros y remeras rayadas completa la coreografía de la bailarina que lleva pasteles en la cabeza y se los ofrece al pato en un clima de casitas que si no son verdeamarelas suplen esa carencia con los colores estridentes que ostenta el loro, lejos de la estetización que alucinó Oswald de Andrade para las casuchas paulistas en el Manifiesto Páu Brasil.

En sucesión con Fantasía (1940), donde la banda sonora aparece como un personaje y se mueve como un resorte para dar cuenta de la música, algunos instrumentos clásicos y otros locales resultan animados y bailan al ritmo de la Miranda, en una escena que podría prefigurar el manoseado “realismo mágico” que fue el producto for export de la literatura sesentista del continente. A diferencia de la singularidad que distingue a Donald, Joe Carioca es apenas una muestra de la variedad brasileña y no una identidad constituida; de allí que se multiplique; pero impregnándose de las dimensiones de su país, también se agiganta. Simpático y afable, tal el “hombre cordial” que Sérgio Buarque de Holanda define como el tipo de Brasil, Carioca acompañará a Donald a abrir el tercer paquete, que reclama un nuevo desplazamiento, esta vez hacia México.

Nuevamente los instrumentos animados se harán cargo de la música, que repone el título de un corrido y una película mexicana: “Ay Jalisco no te rajes”. Como Juan Rulfo, Panchito parece ser jaliscience; su traje y su sombrero son típicos, lleva espuelas y reparte sombreros entre los recién llegados para que se conviertan, efectivamente, en “Los tres caballeros” a quienes menciona la canción de los mariachis: “Nadie es igual a nosotros” sostienen los tres aliados fundamentales durante la guerra; “donde va el primero van siempre los otros” declaran antes de proceder al tiroteo que parece de rigor en las tierras de los pistoleros como el otro Pancho, Villa, que también sedujo a algunos norteamericanos como los periodistas John Reed y Carleton Beals. Pero no hay que confundir alianza con identidad: por eso mientras Carioca y Panchito tocan guitarras, Donald se distingue con un contrabajo, aunque no desdeña la “sonrisa de mujer mestiza” que reclama el mexicano.

El regalo de Panchito es una piñata cuyas sorpresas, según advierte, contienen “el espíritu de Navidad”. No se trata de las temibles navidades dickensianas sobreexplotadas por Disney que iban desde el cuento del avaro Ebenezer Scrooge arrepentido frente a los tres fantasmas que le envía su antiguo socio ya muerto, ni de las carenciadas navidades de Mickey cargado de hijos y maltratado por un patrón maligno, ni de las incordiosas “jingle bells”, sino de cantos en las posadas en que se despliega la religiosidad local antes de que Panchito explique que “la historia de México está en su bandera” para presentar el Distrito Federal en una vista aérea permitida por el “sarape mágico” que a modo de alfombra oriental les sirve de medio de transporte (en Brasil, en cambio, el camino se iba haciendo, machadianamente, al andar; Donald y Carioca instalaban durmientes para hacer su ruta en tren).

El sarape mágico los lleva por Pátzcuaro, donde Panchito se extasía señalando que Chihuahua “parece un cuadro”. Ninguna violencia parece haber sobrevivido tras la revolución en el estado que fuera dominado por Villa. Ni en Veracruz, donde en 1914 el presidente norteamericano Wilson mandó desembarcar a los marines, y mucho menos en Acapulco que por sus condiciones turísticas es inigualable. Panchito se comporta como un empresario de viajes y todo el recorrido se hace a través de postales subrayadas en tal condición por el ingreso y egreso del sarape a medida que cambian de ciudad los personajes. En Acapulco hay una nota romántica adicional: un bolero de Agustín Lara, modelador principal de la sensibilidad mexicana en el siglo XX, cantado en inglés como cortesía para Donald: “You belong to my heart” dice la mexicana cuya cara ocupa estrellas y flores trasladando malamente el original “Solamente una vez”.

La única nota que podría haber sido violenta está tan tipificada y es presentada tan limpia de dramatismo que resulta un espectáculo jocoso: se trata de la corrida de toros. La sucesión de imágenes mexicanas parece reproducir la película que Sergéi Eisenstein filmó en 1931 y que un laboratorio neoyorkino secuestró durante treinta años: ¡Que viva México! La presencia norteamericana, además de resonar en este episodio, se impone en el final: los tres caballeros (tres aves, en verdad) miran hacia el cielo mientras se imprime el cartel The End con letras tricolores azules, blancas y rojas. Ni serpientes emplumadas ni “Orden y progreso”: barras y estrellas dominantes que reúnen al local y a sus aliados, entonces en la guerra, después –México-- en el NAFTA, en algún momento que estiman inminente –todos— en el ALCA que pretende integrar el comercio, no sólo el turismo, de Alaska a Tierra del Fuego.



Imperio perdido, imperialismo recobrado

Cincuenta y cinco años distancian Los tres caballeros de Atlantis, el imperio perdido (2000), que en medio de la fantasía de encontrar la ciudad submarina descripta por Platón plantea una expedición guiada por un científico despistado de cuyo saber desconfía la Academia, donde la burocracia de turno –la acción se sitúa en 1914-- le hace la vida imposible para demostrarle que jamás le concederá un espacio. La expedición es financiada por un millonario a quien no guían ni el afán de conocimiento ni la filantropía ni tampoco un enriquecimiento adicional que ya no tiene edad de disfrutar, sino el gusto del coleccionista que suple con este pasatiempo la pérdida de su amigo Thadeus Thatch, abuelo del lingüista Milo que gracias a sus investigaciones ha advertido que la ciudad fabulosa.no debe buscarse en Irlanda, donde se creyó que estaría, sino en Islandia.

La expedición está compuesta por un grupo de tripulantes que, aunque diseñados con precisión de caracteres en la película –el trastornado, el aventurero, el obsesivo--, sólo alcanzarán su dimensión completa en el libro anexo al film, que la editorial Norma –traductora y distribuidora de Disney en lengua española— puso en circulación con el nombre de “El diario de Milo Thatch”, presunto cuaderno de notas del investigador con comentarios adicionales del patrocinante de la aventura. Precisamente es a éste, Preston Whitmore (dueño de una cadena de mataderos) a quien corresponde el armado de las fichas de los miembros de la partida.

El primero es el capitán Rourke, quien entre sus antecedentes cuenta su participación en la sublevación de Wounded Knee –masacre de indios sioux en Dakota del Sur, en 1890— poco después de haber obtenido la graduación en la Academia Militar de West Point. Luego integró la caballería del coronel Theodore Roosevelt, popularizada como “Rough Riders”, en la cual ascendió al rango de capitán durante la guerra entre España y Estados Unidos de 1898 tras la cual su país se alzó con las islas de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas. Es cierto que en esa ocasión “recibió un voto de censura por haber ejecutado prisioneros”, pero su falta no fue mayor que la del presidente McKinley que consideró que el incendio de un buque norteamericano en la rada de La Habana era obra de los españoles y orientó la guerra contra ellos sin ninguna prueba efectiva, iniciando una serie que proseguiría en 1941 en Pearl Harbor y en 2001 en Nueva York, entre otras escalas notorias de la angurria imperialista ávida de tierras, de dominio marítimo y de reservas petroleras.

Al pragmático Rourke, envalentonado contra todo lo que se asocie al área hispana, le corresponde la alemana Helga Sinclair, hija de un mayor del ejército norteamericano, a quien se la sindica como “calma en momentos de crisis”, invitándose a los curiosos a revisar el expediente de su actuación en Santo Domingo en 1904, momento de invasión, años antes de que las tropas yanquis provocaran la violenta salida del presidente Francisco Henríquez y Carvajal, padre de los escritores Camila, Max y Pedro Henríquez Ureña. Entrenada en los avances norteamericanos, Helga repara el “accidente” de su nacimiento en Frankfurt con el aprendizaje de Aikido en las Filipinas y de artes marciales, táctica y manejo de armas de fuego en campamentos militares, con vistas a convertirse en espía. “Enviudó, se dice, en 1908”, señala el texto, instalando en torno de ella versiones sospechosas que revierten la versión heroica que asiste al viejo cocinero apodado “Cookie” a quien se le atribuye el disparo que liquidó al general confederado Pettigrew en la batalla de Falling Waters de 1864 durante la Guerra de Secesión.

Cookie participó en esa contienda hasta el final: primero, estirando las provisiones para alimentar al ejército, luego cocinando para el general Sheridan en el banquete de Appomattox con que se celebró la batalla homónima ganada por el jefe de caballería. Se improvisó francotirador y secundó al teniente coronel Custer, cuyo mayor éxito fue el descubrimiento de oro en Black Hills, California, en 1874. Aunque lo más sencillo era parlamentar con los indios cheyenne, el degradado general Custer se dedicó a exterminarlos. Cookie, detrás de su amabilidad, su presunta cordialidad de viejo tolerante y sus recursos gastronómicos, acompañó sin reparos la expedición de 1867 que derivaría en el tratado de Fort Laramie de 1868 que estableció una reserva sioux en Dakota del Sur con el claro objetivo de trocar las costumbres de los cazadores de búfalos indígenas en las de los agricultores blancos.

Contra su astucia de Appomattox que le permitió fraguar gato con suelas de zapato en conejo à la amandine, Cookie fue culpado por la intoxicación del cuerpo de oficiales y degradado a un fuerte en Dakota del Norte. En 1878 dejó el ejército para mudarse a Houston, Texas, donde se convirtió en jefe del matadero de las Industrias Whitmore. Es poco claro cómo llegó a chef del Waldorf Astoria; lo visible, en cambio, es que un comensal que discutió su habilidad culinaria recibió un disparo en la rodilla. Más de un disparo, por su parte, es lo que ejercitó Vincenzo Santorini, el ítalo-norteamericano de la improvisada tropa en pos de Atlantis. Sucesivas detenciones en la Prisión Delphi le permitieron perfeccionar su manejo de explosivos iniciado en la infancia piromaníaca y continuado en una adolescencia dinamitera. En una vendetta, Vinny hace volar el coche de sus enemigos y, sin mayor explicación, obtuvo la reducción insólita de una pena de 42 años a poco más de cinco.

El personaje más simpático del grupo es Joshua Sweet, primer profesor negro en dictar una conferencia en Harvard en 1897. Al año siguiente se unió a los Rough Riders a quienes asistió hasta 1901, es decir durante toda la guerra hispano-norteamericana y hasta el momento previo a la firma de la Enmienda Platt, incorporada a la Constitución Cubana, por la cual Estados Unidos mantiene desde entonces la base militar de Guantánamo en la isla, adonde lleva actualmente a los “satánicos” guerrilleros iraquíes que el presidente Bush identifica con el demonio (dicho sea de paso: el comienzo de una película celebérrima, El Exorcista, muestra excavaciones en el norte de Irak; allí se encuentra la estatuilla de un ídolo diabólico que inoculará su mal en una casa que habitan una actriz famosa y su hija poseída).

Sweet ha sido cirujano personal del coronel Roosevelt en esa presunta cruzada humanitaria en la cual Estados Unidos libró a Cuba del atraso español para dejarla en un atraso mayor y convertirla en el patio trasero de su país con el esplendor de Tropicana y el juego clandestino. Vuelvo al cine: en El Padrino II, Michael intenta invertir en La Habana para enviar allí a su hermano tonto, Freddo, arruinado por la permanente corrupción en los casinos de Las Vegas. Llega, malhadadamente, a fines de 1958. Como desconfía de sus anfitriones en la fiesta de fin de año del hotel de lujo, decide irse. Su chofer no logra frenar el coche cuando un patriota se arroja delante de él gritando “Viva Cuba Libre”. El padrino toma esa misma noche el avión de regreso a su país: los cubanos están dispuestos a cualquier cosa y no es seguro hacer inversiones en un país convulsionado. Ya llegó a Estados Unidos cuando recibe la noticia de que un grupo de barbudos que descienden de la Sierra Maestra ha derrocado al dictador Fulgencio Batista.

El doctor Sweet debió enfrentarse con una situación no menos extrema: “las duras condiciones de la selva cubana”. Si logró sortearla con cierta habilidad fue por su “amplio conocimiento de las técnicas de curación de las tribus Arapho y Cheyenne”, iniciado en ese saber por su abuelo materno, Nube de Hierro, dentro de la reserva de Dakota. Es el personaje más literario del conjunto: su dominio de la hechicería indígena lo aproxima a Roger Chillingworth, el vengativo marido de Hester Prynne en La letra escarlata; luego perfeccionó sus habilidades en la India, donde accede a la medicina ayurveda, y en Costa de Marfil, donde se empapa de medicina tropical. Su ingreso en la expedición responde a cierta familiaridad con Rourke, a quien conoció en Cuba durante la batalla de Santiago.

Audrey Rocío Ramírez es la más próxima a Latinoamérica. Aunque nació en Michigan, su origen latino es innegable: el segundo nombre y el apellido se conjugan con una fisonomía mulata de labios gruesos, nariz chata y cabello negro. Su sorprendente precocidad la hace ingresar en la fábrica Ford a los nueve años, llegando a supervisora a los once. Se le atribuye la creación del Método de Ensamblaje en Línea o “fordismo” que distinguió a la empresa y se extendió como modelo productivo que impregna a Hollywood a través de un film como Tiempos Modernos de Chaplin. Antes de ingresar a la Ford, Audrey se distinguía por su facilidad para abrir cerraduras; a esta propensión sustractora se añade una “personalidad agresiva” que el dueño de la fábrica reputa ideal para la conducción del movimiento sindical. No hay reaccionarismo del que se prive esta ficha: si los sindicalistas son personaejs irritables no es porque la fábrica les dé razones; por el contrario, Whitmore anota que “la Planta Automotriz Ford es, hoy por hoy, uno de los fabricantes de automóviles que mejor trata a sus empleados” porque ha incorporado la música funcional en sus galpones.

La expedición que emprenden es una actividad peligrosa. Se asemeja a la travesía por “una jungla boliviana” (sic) o por “el metro de la ciudad de Nueva York”, situación ciertamente incomparable salvo por el hecho de que “cada descubrimiento tiene un precio, y en este caso costó muchas vidas”. Obviamente, Whitmore cuenta sólo las de sus contratados; ni una palabra sobre las de los atlantianos que se sienten amenazados por los exploradores y ante cuyo rey el militar Rourke exhibe toda la arrogancia de su grado. El científico, más mesurado, se dedica a observar el lugar y anota que “todo está en un estado de magnífica decadencia”, lo que presupone un patrón de comparación que permanece tácito pero que puede descubrirse a partir de ciertos datos: la soberbia de quienes tienen manejo de la técnica, las máximas franklinianas que atenúan el “Time is money” en “El placer está en ganarse las cosas”, la convicción de que están llamados a ser “héroes”.

Milo advierte que el militar ha arrancado la página que indica la ubicación del tesoro y que su comportamiento es el de un vulgar “mercenario”, calificativo que el capitán Rourke corrige en “aventurero capitalista”. Como buen pragmático –cualidad que se resalta en su ficha—, comenta irónicamente sobre la “selección natural” y parece dispuesto a darle un empujón a la naturaleza, o literalmente a quien se le interponga. Whitmore defiende la contratación de mercenarios “debido a las habilidades especiales y al espíritu independiente que le aportan a la expedición”, aunque por momentos se los pueda confundir con “un grupo de piratas”, algo que los asemeja más a los imperialistas ingleses que a los norteamericanos, dato particularmente inquietante en ese año de 1914 en que se desencadena la Primera Guerra Mundial.

Atlantis es un lugar tan fantástico como la América Latina que cierta literatura continental se empeñó en difundir. Los exploradores entrenados en la guerra contra los indios, contra los españoles o contra los cubanos pueden desplegar su experiencia en una zona imaginaria para no mostrar una brutalidad tan notoria en un espacio geográfico real. Entre el tour de Donald y la expedición de Atlantis, el mayor cambio radica en la mirada del viajero: simpática y tolerante cuando todavía es posible buscar una alianza; aniquiladora y prepotente cuando sólo se quieren imponer condiciones de dominación. Y si los territorios y los habitantes que se ubican al sur del río Grande no son definidos con precisión sino reemplazados con sujetos que atraviesan los siglos y cuya fisonomía es de indígena piel roja más que de variantes autóctonas centro o sudamericanas, es porque todavía se puede matizar el enfrentamiento hacia los latinoamericanos aunque recalcando su minusvalía. Hay otras zonas más peligrosas, pero ésas son tema de otros filmes y de otros análisis: la Arabia asesina de Aladdín, la China gozosa de Mulan y, ya fuera del circuito de Disney, la anacrónica Anastasia de la Fox, tan típica de la Guerra Fría, tan a contramano de la “Tormenta del Desierto”, la “Justicia Infinita” o cualquier otra hipérbole exterminadora.